viernes, diciembre 12, 2014

MADAME BOVARY (adaptación)





MADAME BOVARY
GUSTAVE FLAUBERT
Ed. Altaya, Barcelona, 2005

-          Pero el deseo ansioso de cambiar de estado, o quizá la excitación causada por la presencia de aquel hombre, habían bastado para hacerle creer que por fin sentía aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido, como un ave de rosado plumaje, planeando en el esplendor de los cielos poéticos. Pág. 40

-          En sus miradas indiferentes flotaba la quietud de las pasiones diariamente satisfechas; y a través de sus maneras suaves, se transparentaba aquella brutalidad particular que comunica el dominio de las cosas medio fáciles en las que se ejerce la fuerza o se divierte la vanidad, el manejo de los caballos de raza y la frecuentación de las mujeres perdidas. Pág. 52

-          En los apartados de los restaurantes donde se cena después de medianoche reía, a la luz de las bujías, la muchedumbre abigarrada de los literatos y las actrices. Eran ésos pródigos como reyes, llenos de ambiciones ideales y de fantásticos delirios. Llevaban una existencia  superior a la de los demás, entre cielo y tierra, entre tempestades, algo sublime. […] Confundía, en su deseo, las sensualidades del lujo con las alegrías del corazón, la elegancia de las costumbres con la delicadeza de los sentimientos. Pág. 59

-          En el fondo de su alma, sin embargo, esperaba un acontecimiento. Como los marinos en apuros, paseaba sobre la soledad de su vida unos ojos sin esperanza, buscando a lo lejos alguna blanca vela entre las brumas del horizonte. Pág. 63

-          Zarabandas sin fin se desplegaban dentro de su cabeza, y, como una bayadera sobre las flores de una alfombra, su pensamiento saltaba con las notas, se balanceaba de ensueño en ensueño de tristeza en tristeza. Pág. 66

-          ¡Resulta tan dulce, en medio de los desengaños de la vida, poder transportarse en idea a un mundo de caracteres nobles, de afectos puros y de cuadros de dicha! Pág. 83

-          Emma deseaba tener un varón; sería fuerte y moreno; le llamaría Georges; aquella idea de tener un hijo varón era como el esperado desquite de todas sus pasadas impotencias. Un varón, cuando menos, es libre; puede recorrer las pasiones y los países, atravesar los obstáculos, hincar el diente en las dichas más lejanas. Pero una mujer se halla continuamente impedida. Inerte y flexible al propio tiempo, tiene contra ella las flojedades de la carne y las dependencias legales. Su voluntad, como el velo de su sombrero retenido por un cordón, palpita a todos los vientos; siempre existe algún deseo que la arrastra y alguna conveniencia social que la retiene. Pág. 88

-          ¿No tenían nada más por decirse? Sus ojos estaban, sin embargo, como llenos de un coloquio más serio; y mientras se esforzaban en hallar frases triviales, ambos se sentían invadidos por una misma languidez; era como un murmullo del alma, hondo, seguido, que dominaba en de las voces. Asombrados de aquella suavidad desconocida, no trataban de explicarse tal sensación ni de descubrir su causa. Las dichas futuras, como las playas de los trópicos, proyectan sobre la inmensidad que las precede sus blanduras natales, como una brisa perfumada, y uno se adormece en aquella embriaguez, sin preocuparse siquiera del horizonte que no se alcanza a divisar. Pág. 95

-          Pero, sobre el fondo vulgar de todos aquellos rostros humanos, la cara de Emma se destacaba aislada y más lejana, sin embargo; el pasante presentía entre ella y él como unos vagos abismos. Pág. 96

-          El amor, creía, tenía que llegar de súbito, con grandes estallidos y relámpagos, huracán del cielo que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como hojas y arrastra hacia el abismo el alma entera. Ignoraba que, en los terrados de las casas, la lluvia acaba por formar lagos si los desagües están obstruidos, y, en consecuencia, hubiera permanecido en aquella su seguridad, de no haber descubierto súbitamente una grieta en el muro. Pág. 100

-          Era uno de aquellos sentimientos puros que no impiden el curso ordinario de la vida, que uno cultiva porque son raros y cuya pérdida resultaría más aflictiva que gozosa la posesión. Pág. 107

-          Nunca Madame Bovary estuvo más hermosa que en aquella época; tenía aquella belleza imposible de definir que resulta de la alegría, el entusiasmo, el éxito, y que no es sino la armonía del temperamento con las circunstancias. Pág. 193

-          El aplomo depende de los ambientes en que uno se halla: no se habla en el entresuelo con el mismo tono que en el cuarto piso, y la mujer rica parece tener a su alrededor, para guardar su virtud, todos los billetes de banco, como una coraza, en el forro de su corsé. Pág. 229  

-          Tras la muerte de alguien se produce siempre como una estupefacción, puesto que es muy difícil comprender esa venida inesperada de la nada y resignarse a creer en ella. Pág. 321