martes, diciembre 06, 2016

El suelo que habéis de pisar JUAN GARCÍA HORTELANO








El suelo que habéis de pisar


El picapedrero
picapedreando,
curvo y sin sombrero
va haciendo el sendero
que estamos pisando.

JESUS LÓPEZ PACHECO






En unos veinte metros de calzada trabajaban treinta y cinco hombres. Paulino se detuvo junto a la valla de madera, roja y blanca, y en ese momento lució el primer luminoso. A Paulino le empujaron los que, en ambas aceras, habían esperado a que se abriese el paso de peatones. Las letras y los dibujos continuaban encendiéndose, una tras otra, en una medida carrera. Turbiamente Paulino veía la calle. Los constantes ruidos de las máquinas reducían los del tráfico en agudos fragmentos. Cuando los hombres empezaron a dejar de trabajar, Paulino se impacientó.
Calculó en media hora el tiempo transcurrido desde que salió del metro. Entre los edificios se alargaba un túnel de neblina coloreada. Paulino bajó al trozo de calzada removida –la mitad de la calle-, bordeó un montón de adoquines y preguntó por su tío.
-         Hacia Callao, digo yo que estará.
-         ¿Le ha visto usted esta tarde?

El muchacho, que había dejado de lavarse en el tonel metálico para atender a Paulino, sonrió distraídamente.
-    Puede que haya sido esta tarde o ayer o hace una semana. No puedo decirle cuándo fue la última vez que vi al señor Fidel.
-         Gracias.

Se apresuraba el relevo. El listero congregaba a los hombres y los recién llegados, algunos ya en camiseta, cogían las palas, los picos, se hacían cargo de las máquinas. Paulino, con la tartera bajo un sobaco y las manos en los bolsillos del pantalón, continuó en dirección a la plaza del Callao. Al oír la voz de su tío, tropezó.
-         ¿Por qué no llegas un poco más tarde?
-         Llevo una hora esperándole.
-         ¿A mí?
-         A usted, sí, señor. Una hora.
-         Pero ¿dónde, so bobo?
Paulino colocó la tartera junto a las otras y las ropas, se quitó la camisa y se aseguró el cinturón.
-    Donde usted dijo. Usted dijo: “Te bajas del metro en José Antonio y allí me esperas”. A lo mejor, ya no se acuerda.
-         Menos charla –el señor Fidel alzó la voz-. Lázaro, que ya está aquí el chico.
-         De acuerdo, jefe –dijo el listero.
Paulino dejó de mirar a su tío y preguntó:
-         Bueno, usted dirá lo que hay que hacer.
-         Trabajar.
-         En éstas estamos.
-     Pero trabajar de firme. Mira –el brazo del señor Fidel se extendió- hasta donde llega el tajo. Y ya sabes dónde empieza. Esta mitad de la calzada tiene que quedar igual a la nueva en muy pocos días y toda la obra terminada antes del primero de octubre.
-         ¿Y a qué me cuenta a mí eso?
-         Escucha. Antes del uno de octubre ha de estar acabado el nuevo pavimento de la Gran Vía. Te lo digo para que sepas en qué trabajas.

El señor Fidel le llevó junto a la mezcladora y encendió un cigarrillo.
-         Aquí, mi sobrino.
-         Tanto gusto –respondió el hombre que esperaba con la otra carretilla.
-         Lo mismo digo –masculló Paulino.

Al otro lado de la máquina llenaban a paletadas la bandeja, que se alzaba, una vez llena, hasta la giratoria boca circular. La máquina sonaba desamblada, como a punto de caérsele los tornillos. Paulino cogió las varas de la carretilla. Sin dejar de girar sobre sí misma, la cónica esfera se levantó, cayó en un giro de ciento ochenta grados y, por la boca en constante movimiento, arrojó la mezcla en la carretilla; cuando estuvo llena y el hombre la hubo retirado, Paulino se precipitó a colocar la suya bajo la boca. La esfera, vacía, volvió a levantarse, siempre dando vueltas, y recobró la primitiva posición. Paulino impulsó la carretilla, que rodaba sobre un pequeño neumático. Se cruzó con el otro, que regresaba y que se detuvo un instante.
-         ¿Y cómo se llama usted?
-         Paulino.
-         Yo, Esteban. Para servirle.

La fue conduciendo sobre el suelo desigual, con piedras que el neumático remontaba, transmitiendo bruscos balanceos a los brazos de Paulino, hasta el declive de mezcla, donde la vació, con un impulso del brazo derecho hacia la tierra y otro simultáneo del izquierdo al aire.
Cuando se detuvo nuevamente junto a la máquina, la dolorosa fatiga de los brazos se le diluyó por todo el cuerpo.
-         Y qué, ¿sobrino del señor Fidel?
-         Pues sí, ya ve usted.
-         De la construcción, claro.
-         No.

El otro empujó la carretilla y Paulino colocó la suya bajo el chorro de piedras, cemento y arena. Dos hombres alisaban con un tablón la mezcla que ellos acarreaban, después que los del vibrador y los de los mazos la dejaban a punto. Más allá de las máquinas trabajaban los del pico y la pala y los de las perforadoras, abriéndoles un camino de adoquines revueltos y tierra húmeda, rebañando el pavimento hasta rebajarlo medio metro.
-         Decía usted que no era de la construcción.
-         Yo soy fresador. Hasta hace mes y medio he sido fresador,
-         Comprendo –dijo Esteban, al tiempo que la mezcla resonaba en la carretilla.

Paulino, después de haber volcado la carga, contempló el quiosco con las portadas de las revistas tras los cristales. Sobre un tejado de la Red de San Luis se encendieron unas letras en amarillo y azul. ES CAFÉ; e inmediatamente, una gran N, que las cubrió.
-         No te duermas, muchacho –le oyó a Esteban.

Regresó precipitadamente. Del suelo, junto a la máquina, recogió la mezcla con una pala. Levantó la cabeza y vio las aceras, la terraza de la cafetería, a la rubia del vestido verde con lunares blancos, las fachadas llenas de luz, los automóviles, los largos autobuses azules, los tubos fluorescentes; oyó las voces y los ruidos; saboreó un agrio olor en la garganta reseca. Y los descubrió, frente a él, inmóviles a lo largo de la acera, indistintos.
-         Hace calor.
-         Mucho.
-         Y lo malo es que por la noche no refresca.

Paulino sintió entonces cómo el sudor se le canalizaba por el pecho, le escurría por la cintura y le empapaba el ombligo. Oyó el corto estrépito de la mezcla en la chapa de la carretilla, dejó de mirar a los que le miraban y tensó los músculos todos por el empuje inicial.

Por unas y otras causas, se hallaban sentados a la terraza de la cafetería, frente a aquel trozo de obra que contemplaban con diferentes estados de ánimo: doña María Salomé Cheste, doña Laura Enguídanos, doña Iluminada Gómez y doña Loreto Navalón, amigas y pensionistas de clases pasivas; don Evaristo Cartaya, empleado; don José Valduerna, funcionario, y su esposa, doña Gertrudis Zafra; don Joaquín Balsareny, industrial, de Barcelona; Cristina García, mecanógrafa, rubia, vestida con un traje verde con lunares blancos; Marita de la Torre y Alberto Figols de Armengol, novios.

Por variadas causas, detenidos a lo largo de la acera –medio metro sobre ellos- contemplaban el trabajo de los obreros, con distintos estados de ánimo: don Efrén Guardiola, jefe de administración de segunda clase; don Secundino Cubillos, comerciante del ramo de ultramarinos; Quirico Gobantes, chulo; don Aniceto Verduleros, rentista; don Cástulo Molinos, funcionario auxiliar, y su esposa, doña Magdalena González, de cincuenta y dos años de edad; doña Purificación Torredembarra, marquesa de Torredembarra; don Zenón Fuentespiedra y de la Roda, cura; don Nicéforo y don Eulogio Chaparral, funcionario municipal y comerciante carnicero, respectivamente; Juan García, carterista; don Ipacio Bríncola, forastero y viajante de comercio; don José Manuel Isasosondo, abogado; Guadalupe Cercadilla –“Merche”-, puta; Pedro Melgosa, fontanero.

-      Yo soy de Villaumbrales, en la provincia de Palencia –dijo Esteban-. Pero estoy en Madrid desde hace treinta años. Y usted, ¿de dónde es?
-         De Linares.
-         Pues no se le nota a usted el acento.
-         Salí de Linares muy pequeño, cuando lo de mi padre. Ahora vivo con mis tíos.
-         ¿Y qué le sucedió a su padre, si puede saberse?
-         Que se le vino una galería encima.
-     Lo siento, hombre. –Vaciaron las carretillas-. ¿Ha leído usted lo de la mina de Villanueva de no sé qué? Hace unos días.
-         Algo he leído.
-         ¿Y tiene usted novia?
Al regreso, Paulino contestó:
-         No; novia, no.
-        Yo sería de su tiempo, cuando me casé –Esteban ladeaba la carretilla-, y ya tengo un chico de sus años. En junio lo licenciaron y ahora trabaja en un garaje.
-         No están las cosas para casarse.
-        Eso dice mi chico. Y, además, que son ustedes jóvenes. Mi chico dice que se va a Alemania, ¿usted no ha pensado en irse a trabajar con los alemanes? –Esteban le esperó-. Hay que correrla un poco hasta los veinte o los veintitrés y, luego, ahorcarse.

Paulino vio a su tío junto al motor de las perforadoras. El tráfico era más intenso, las aceras estaban muy llenas y una doble –o triple- hilera de personas les observaban. Habían rebasado el quiosco y Paulino veía ahora los cartelones de los primeros cines. En alguna parte sonó una música.

La mezcladora dejó de girar y los hombres se dispusieron a moverla. Paulino se colocó entre Esteban y un muchacho casi calvo. Se hundió en la tierra las ruedas metálicas de la máquina y había que levantarla con los hombros y, al tiempo, impulsar –o arrastrar- con los brazos y el pecho. Paulino vio a un guardia de casco blanco correr por entre el embotellamiento de vehículos. Los largos y estridentes pitidos del guardia acallaban el ronco horadar de las perforadoras. Al muchacho casi calvo le corría el sudor por las facciones crispadas, le pegaba el sudor la rota camiseta al cuerpo, le olía el sudor a piedra, a hombre y a mierda. Paulino suspiró, al quedar la máquina en su nuevo emplazamiento. Enseguida comenzaron a cargarla a paletadas.
-        Su tío, el señor Fidel, es un buen capataz –dijo Esteban-. Y un buen hombre. Le gusta el trabajo bien hecho y sabe decir una palabra a tiempo. Sí, es un hombre como está mandao.
Paulino miró a Esteban.

Los automóviles rodaban por la nueva calzada. Alguien gritó cuando Paulino recibía la mezcla en la carretilla e, inmediatamente, se oyeron más gritos y unas ininteligibles órdenes. Paulino, al tiempo que corría hacia el grupo, vio crecer las hileras de los espectadores.
-         Llamad al señor Fidel.
-         Maldito cabrón. Se metió debajo.
-         Que no ha sido nada, hombre.
-         El maldito cabrón se metió debajo del saco, como si lo fuese a coger o estuviese buscando partirse la cabeza, adrede. Y justo en el momento en que lo tiraba de la camioneta.
-         Pues le ha podido dejar manco.
-         Venga, sin exagerar.
-         Dile al Román que exagero. ¡Anda, díselo!  
El señor Fidel y Lázaro, el listero, se abrieron paso hasta Román que, pálido y con los ojos cerrados, se apoyaba en un guardabarros de la camioneta. Un hombre, vestido con un traje azul de verano, le palpaba los miembros al accidentado. La voz de Lázaro gritó:
-      Ya que has tenido suerte, vete a tomar un chato. –El que estaba subiéndose a la camioneta miró a Lázaro-. Y tú también. Quitaos el susto y volver pronto.
-         Y usted, ¿quién cree que era ese tipo de azul que tocaba al Román?
-         Hombre –dijo Paulino-, sería un médico. Vamos, digo yo.
-         O un maricón. ¿De qué un médico se iba a meter en eso, no siendo del seguro?
-         Pues a lo mejor era del seguro.
-         Entonces, menos.
-         Para usted la perra gorda.
-    No, si yo sólo insinuaba la cosa, porque me resultaba sospechoso y el tío al Román le tocaba con su poquito de delectación.

Paulino regresó a la mezcladora. Las perforadoras retornaron a su machacante ruido. Después de beber un trago de agua del botijo, vio a Esteban tendiéndose la botella.
-       También nosotros tenemos derecho a celebrarlo –dijo Esteban, y los hombres que estaban próximos rieron con fuerza.

Las aceras se llenaban al máximo con los que salían de los cines. El primer cartelón que Paulino vio anunciaba una película que se titulaba Diego Corrientes. Esteban continuaba charlando. Luego dijeron que se podía cenar. Mientras la mitad de los hombres se aplicaba al contenido de las tarteras, la otra mitad seguía con la obra. El señor Fidel pasó deprisa, en dirección a la plaza del Callao. Paulino y Esteban se acomodaron contra unos sacos y se ofrecieron –y rechazaron- mutuamente sus respectivas tortillas. Paulino se volvió de cara a los automóviles y los autobuses, dando la espalda a los que les contemplaban desde el bordillo –a medio metro de altura- de la acera.

Por distintas causas y con distintos estados de ánimo, inmóviles en la acera, contemplaban el ajeno trabajo: el ilustrísimo señor director don Francisco de Aryebarán y Renato Utebo, secretario del anterior; Joanicio Guísano, mozo de mulas; don Antonio Villamartín, practicante; don Bartolomé Tolosa, funcionario de organismo autónomo y su querida, Leocadia Velliscón; los niños Robertito, Mari Nieves y Carmencita Herrero Gurrea, con sus padres, don José Ceferino, contable, y doña Carmen Gurrea, sus labores; María de la Expectación Mianes, cajera; Döte Wildstein, Ludwig Wieck y Elsa Wogel, turistas; don Antonio Hernánbalas, inspector de policía; Paula Moncufar, dependienta, y su amiga Matilde Villora, preñada; el niño Filemón Pérez y otros cinco niños de su banda, un poco cansados ya, pero aún dispuestos a todo; María de la Anunciación Avellaneda y Aldaya, puta cara; Juan Mauricio de la Torre y Gómez de Andujar, señorito; don Higinio de Cenen, del comercio; Mariano Caciquero, terrateniente manchego; doña Sabina Henderos, casada, su niño Jacinto y su criada Plácida Expósito, de Jadraque, provincia de Guadalajara; Danielle Faisandeau, turista; don Liberato Plasencia, erudito; Lidia Cortés, actriz; don Rufo Garciduende, de varios consejos de administración y don Silvestre Villa, abogado; Juan García, carterista; doña Felicísima Monreal, viuda; Apolinar Ligajo, sin profesión.

La esfera, en continuo giro, engullía la mezcla por un lado, volteaba sobre sí misma y la vomitaba por el otro en la carretilla de Esteban y, después, en la de Paulino.
-         No me gusta esto –dijo Paulino.

Descubrió a Esteban absorto en la contemplación de la acera, casi desierta ahora; también el tráfico de los vehículos había decrecido. Eran más fuertes los ruidos de las máquinas y parecía crecer el calor con la rotundidad guiñante de los luminosos.
-       Cuando vuelvan del verano, bien maja se van a encontrar su calle. –Las piedras sonaron en la chapa y Esteban sacudió la carretilla para distribuir la carga-. Usted –añadió en un susurro- no se quede en esto, por poco que pueda; un fresador no debe quedarse en esto.
-         Da lo mismo –dijo Paulino.

Los hombres trabajaban más despacio. De vez en vez, se oía al listero o al capataz. Diego Corrientes ponía a la grupa de su caballo una moza opulenta. Esteban silbó a las piernas –muy juntas- de la mujer de la moto. El muchacho, que conducía, ni miró.
-         ¡Qué tía, madre! –dijo Paulino.
-         Con esas piernas, el mundo es suyo.

La máquina fue cambiada de nuevo, avanzando detrás de las perforadoras, de los picos, las palas y los mazos. Detrás, la mezcla recién asentada brillaba húmeda, con un gris cambiante.
-         ¿Ustedes viven por Cuatro Caminos?
-         Sí –contestó Paulino.
-       Yo tengo un chamizo cerca de la carretera de Andalucía. Antes estuve en el Pozo. El día que los chicos se casen o emigren, la parienta y yo nos quedaremos tan divinamente. Y eso que mis chicos ayudan a sostener la casa.
-         Claro.
-         ¿Se cansa usted?
Paulino le miró fugazmente, con una mueca.
-         No, ¿por qué?
-         Nada. Era un decir.

En la terraza de la cafetería, que ahora quedaba más lejos, las mesas y las sillas metálicas reflejaban las luces. Paulino les adivinó en la acera, menos numerosos, casi sin mirarles. Oyó el zumbido contundente del primer descapotable de la noche.

Con particulares estados de ánimo, parados a lo largo del antiguo bordillo, a medio metro sobre los obreros, contemplaban su trabajo: Flora Carmona, cocinera recién despedida; Sabina Campillos –“Luchi”- puta; don Sinesio Pizarra, inventor; Homero Fernández –“Aquiles”-, periodista en paro; Fausto Pedrosa, estudiante; Agustina Cadagua –“Sarita”-, puta, natural de Salamanca y convaleciente de sífilis; doña Saturnina Servera Pont, prestamista; don Odón Campaneros, cenado y en plena digestión; Agapita Trapiches, virgen, y su primo Nicasio Trapiches, de Teruel, que había invitado a la primera al cine, con el beneplácito de don Basilio Trapiches, viudo, no presente allí; don Félix Malvedo, ingeniero, y su novia, señorita África Ciñedo, de mucho pecho; María Victoria Alegría –“Rosita”-, puta y su amiga, aún no puta, Isabel Legorreta –“Isa”-; don Napoleón Marracos, experto cafetero colombiano y quebrado fraudulento en su país; don Nicasio Busdongo, paseante.

Entre los dos habían contado ya una docena de descapotables –rojos, verdes, crema, uno de color acerado-, cuando vieron al taxista, la manivela ondeando sobre su cabeza, perseguir al americano. El americano, que trataba de refugiarse en el vestíbulo de un cine, tropezó con los que salían de la sesión nocturna. Esteban y Paulino llegaron a tiempo de presenciar el puñetazo del americano al taxista y el manivelaza del taxista –por error- a uno de los espejos del hall. El señor Fidel encontró a Paulino y a Esteban, una vez que el grupo fue disuelto por los de la policía armada y los del 091, liando unos cigarrillos y riendo.
-         Está bien –dijo Esteban-. No mire así, que ya vamos.
Junto a la vieja que vendía tabaco en la puerta del cine estaba la vieja que vendía rosquillas. La voz del señor Fidel detuvo a Paulino.
-         A comerme una rosquilla –respondió Paulino-. ¿O es que no tiene uno derecho?
-         Oye, chico, no me alborotes. Y a lo tuyo.
-         Sólo iba a…
-         Ya lo sé.
-         La culpa la tiene el trabajar así, en medio de la vida –dijo Esteban.
El señor Fidel rió y le palmeó la espalda a Paulino.
-     Yo digo –dijo Paulino- que si la señora está ahí, con las rosquillas, es para que cualquier ciudadano se las pueda comprar, ¿no?
-         Anda, que tú eres pobre y tienes que hincar.

La carretilla, con la fuerza de la cólera, rodaba mejor por el suelo desigual, por entre las piedras, los hoyos, la arena, los desniveles. Otro descapotable pasó con una muchacha, cuyo pañuelo de gasa levantaba el viento de la velocidad. Detrás venía el coche tirado por un caballo cansino y lleno con los cuatro hombres que cantaban y la mujer, que se movía al compás de sus propias carcajadas. Esteban se lo señaló y Paulino desarrugó el ceño.
-    Es ya el único que queda en Madrid. En mi época… Fíjate en ésos; son unos paletos, seguro. En mi época habría doscientos o trescientos. Alguna vez me tengo ido con la parienta a la Bombi, en “simón” y con hongo.

Paulino empujó la carretilla. La noche tenía un aire espeso, cargado de luz, de electricidad, de calor. Todos los ruidos se le habían unido en un único runruneo, adormecedor. Esteban hablaba menos. Por las aceras, paseaban, despaciosas, mujeres de llamativos vestidos, algún grupo alborotador, vendedoras de lotería. A Paulino el sudor le mantenía el cuerpo mojado.

Les volvió a ver, detenidos en el bordillo de la acera, contemplando la actividad incesante del tajo. Se frotó las manos y desvió los ojos hacia el escaparate de los maniquíes.

Por muy diversas causas y con muy diversos estados de ánimo, contemplaban la faena laboral: don Sotero Urnieta, comerciante, don Ruperto Torquemada, industrial, y don Restituto del Fresno, coronel; John Briskin y Steven Pankey, negros; Mariano Calamocha, hambriento; doña Lourdes Alvaray, modista, doña Pepita Blanes, comadrona, y Florencia Nonaspe, criada de doña Lourdes y somnolienta; Gregorio Irrusmendi y Benito Toboso, guardias; el señorito Juan Mauricio Juan Mauricio de la Torre y Gómez de Andujar y la puta cara María de la Anunciación Avellaneda y Aldaya; Agustina Cadagua –“Sarita”-, puta, de Salamanca, y mister Thomas S. Morrison, de Denver, Colorado; Marita Riveras, poetisa dominicana y Vicentito Escatrón –“Vicen”-, chulo; doña Eulalia Pradell y Fayón y don José Miguel Fayón, en viajes de novios; Antoñito Pina, aparejador, Tito Cámara, bestia, Florencio Estupiña, ganadero, y don Marcelo Cabañas, notario, todos ellos con sus respectivas esposas de veraneo en la vecina sierra de Guadarrama; Elvira Pedrosillo, criadora de gusanos de seda; Carlitos Pozuelo, marica, y don Antonio Zorreras, de la banca; Robert T. Christie, negro; Evelino Lafuente, Guillermo Sanguillermo y Marco Antonio Ubea, sin corbata, y Emma Rosal, con medias negras, en localización de exteriores, con alumnos de la escuela de cine; Asunción Muro, con deseos inagotables de juerga, y su novio Bernardo Cardes Losquiol, amargado y por la idea de madrugar al día siguiente; Juan García, carterista; don Ipacio Bríncola, forastero y viajante de comercio; María Victoria Alegría –“Rosita”-, puta, y su amiga Isabel Legorreta –“Isa”-, ya puta, con tres chicos muy simpáticos, conocidos unos minutos antes en la esquina de la calle Tudescos; Agustín Minas, borracho: José Catoiras Figueredo, sereno.
-         ¿De verdad no quiere una?
-         Me como ahora una rosquilla y vomito. Hasta mañana, Paulino.
-         Usted se lo pierde. Adiós. ¿Cuánto es?
-         Cuatro cincuenta –dijo la vieja.
Sentado en la arena, bajo el cernedor, comió las rosquillas. El guarda era un hombre viejo, que se rascaba la cabeza con la mano debajo de la boina. Cuando el señor Fidel se despedía del guarda, Paulino se puso de pie.
-         ¿Quiere usted?
-          Quita de ahí, hombre.
Caminaron por la Gran Vía hasta Fuencarral. Paulino acabó con las rosquillas y se pasó el pañuelo por las comisuras de la boca. El señor Fidel se detenía de vez en cuando a encender el cigarrillo, y Paulino le esperaba unos pasos más allá. El señor Fidel le cogía durante algún tiempo del brazo o silbaba en sordina o escupía, siempre en la confluencia de las fachadas con la acera.
-        Oiga, tío, usted sabe bien que yo no soy un vago. Que no me gusta comer la sopa boba en casa de ustedes, vamos.
El señor Fidel disminuyó el ritmo de sus pasos.
-         ¿A qué viene ahora eso?
La Glorieta de Bilbao estaba desierta, muy iluminada, con danzantes sombras que un ligero viento movía por la calle de Luchana.
-         Que es la primera y la última vez que trabajo en lo de hoy.
-         ¿Y qué vas a hacer?
-         No lo sé, no lo sé aún. Trataré de arreglar lo mío. O buscaré en la madera, si no encuentro otra cosa. ¡O me liaré la manta a la cabeza! Pero en lo de hoy, no.
-         Las cosas no están fáciles, como tú ya sabes, chico. Y encima os empeñáis en complicarlas.
La fatiga se le acumuló en los ojos.

-         No diga usted eso. Aunque usted esté ya viejo y no quiera saber nada de nada, por lo menos no hable usted así.
El sueño le poseía paulatinamente, en la medida que sus piernas avanzaban. Sintió la mano del señor Fidel en el brazo.
-         Muchacho…
-         Allí no vuelvo. No aguanto que me miren, que estén mirando y mirando. Puede usted pensar lo que quiera, pero yo no vuelvo allí.

Oyó que el señor Fidel decía algo. La cama estaba aún lejos y parecía como si él anduviese apoyado –o sostenido- en su tío, a lo largo de la calle en pendiente, a través de las luces y el silencio. La doble hilera de farolas marcaba el largo camino.
-         Pero ¿tú crees que te ven? –había dicho el señor Fidel.

Paulino caminaba dormido.


JUAN GARCÍA HORTELANO
Cuentos completos, Debolsillo, Barcelona, 2009



Este texto forma parte de la investigación (y de las diversas ponencias) que se están llevando a cabo en la Universidad Autónoma de Madrid.