martes, febrero 14, 2006

ARTÍCULO: ... será el amor



A Juan Carlos Gómez Alonso


Querido maestro:

De los Siete Pecados Capitales es posible que el que ahora nos atañe, no necesite defensa alguna, ya que cuenta con las simpatías de todas sus víctimas y con el amparo de la Poesía de todos los tiempos. Los moralistas, para hacerlo odioso, le calumniarán llamándole lujuria; los profesores le llamarán erotismo; la censura le llamará obscenidad y los psicoanalistas, libido. Pero por encima de todo tiene la limpieza de instinto y la belleza de espíritu necesarias para merecer el título supremo que ha dado la poesía: AMOR

Lo difícil es –ya lo dijo Raymond Carver- saber de qué hablamos cuando hablamos de amor, y no seré yo quien intente poner puertas a ese campo infinito, pues lo único que puedo afirmar es que su valoración es un problema íntimamente personal, y que cuando yo digo Amor, cuando usted dice Amor, y cuando nuestras novelas “dicen” Amor, con esa misma palabra es posible que estemos refiriéndonos a cosas distintas.

Parece que amor como pasión total de hombre y mujer no se habló hasta la Eneida, y que fue Virgilio con su historia de Dido y Eneas el primero que hizo ver a los griegos que lo suyo había sido amistad sensual, fidelidad conyugal o simple placer, pero no Amor.

Ya en esta primera “actuación” termina como suicidio, como habrían de terminar después casi todas las grandes historias de amor: Julieta se mata con el puñal de Romeo, Melibea se lanza desde la torre a morir junto a Calixto, Werther se acerca a la sien una pistola…

Como me advirtió, también todos nuestros protagonistas acaban mal, pero se equivocó al decirme que siempre eran ellos los que morían o se suicidaban (reservándoles a ellas un segundo plano tacaño de amor en el que se dejaban querer tranquilamente sin sentirse obligadas a ninguna clase de pago). En este sentido me sorprendería después el arrojo y la iniciativa de la dama de Juan de Segura en Processo de cartas de amores, el asesinato de Lyessa a manos del rey Croes en Siervo libre de amor, de Juan Rodríguez del Padrón, o el encarcelamiento mutuo de Darino y Finoya en Penitencia de amor, de Pedro Manuel Ximénez de Urrea.

Por todo esto, destacar el final clásico de Ardanlier que muere bajo el filo de su propia espada, el alegórico de Leriano comiéndose las dos únicas cartas de su amada, y el destierro-huida de Arnalte, en donde la ausencia quiere llamarse olvido.

Llegados a este punto nos damos cuenta que estos finales se enturbian por otras pasiones acaso superiores, como serán los celos en la tierra de Otelo o la honra en el caso de nuestras novelas. Como había de ser, en los mejores dramas de nuestro teatro clásico la última palabra la tuvo siempre el honor, y si el honor lo exige, el español no vacilará en matar o en morir como mata y muere el italiano al impulso de los celos. Incluso en el teatro de Lope, tan torrencialmente lleno de amores, cuando los enamorados triunfan como Casilda y Peribáñez es porque el honor está finalmente de su parte.

En España durante siglos la palabra Amor parece haber estado perseguida como un peligro público. Recordad que nuestros más grandes poetas místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús serían perseguidos por atreverse a mezclar en el lenguaje místico las palabras del amor humano.

En una palabra, el gran amor-pasión en nuestras páginas se siente amenazado por las leyes, acosado por las costumbres, azotado por la sátira y desterrado como protagonista de nuestras obras, viéndose obligado a huir.

Frente a tal adversidad de poco sirven los consejos de Juan de Mena en su Tratado de amor, o la revisión histórico-amorosa de Luis de Lucena en Repetición de amores, el Sermón de Diego de San Pedro, o las Cartas y coplas para requerir nuevos amores … y es que ya lo cantó el poeta Sabina, si “las niñas ya no quieren ser princesas” perderemos de un plumazo todo posible valor didáctico de cada obra.

Y si todo esto tiene más bien que ver con el fenómeno, añadir sólo un breve apunte con respecto al género. No sé ya si hablamos de novela, de romance, de tractado, o de ficción y parece que en realidad, se trata de un problema que depende del punto de vista de la investigación y no del objeto investigado. Si se reduce el gesto narrativo de la novela sentimental parece que su base es diferente a la del romance, a la de la novela de caballerías y al roman courtois: para éstas el modelo es una especie de cuento de hadas con su príncipe o héroe desconocido que sale en busca de aventuras, vence obstáculos y logra lo deseado. Esto no parece válido para la ficción sentimental: no salen en busca de aventuras, ni vencen obstáculos (aunque algunos se ven obligados a agudizar su ingenio para conseguir las citas con la amada) y además acaban frustrados.

También lo que la mayoría de los textos comparten (acaso como género) es que se estructuran como narraciones en las que se intercalan a manera de cita, discursos, cartas, retos y poemas, cada uno con su título, donde el uso del título se extiende a encabezar los trozos narrativos.
De esta manera el texto no sólo contiene títulos que indican que un personaje toma la palabra, sino también aquellos que indican la vuelta del enunciado a su fuente primaria: el autor.
Esto utilizado como recurso de ordenamiento hace que las unidades sean discursivas y no temáticas o de acción, y tal vez los escritores del XV y XVI se sirvieron de estos títulos como rasgo unificador intertextual con plena conciencia de género.
Aún así, es posible que estemos delante de un género híbrido en el que se mezclan el cuento breve, centrado en la situación del amor cortés, con rasgos de la novela artúrica y con diferentes injertos poéticos y retóricos. Y para colmo, un género que observamos cómo ha ido evolucionando pues no gozan de los mismos logros las obras pioneras que las últimas.

En definitiva, situaciones trágicas en un mundo a veces degradado en el que el héroe lucha por mantener sus ideales.

Cuenta Fernando Arrabal que en una de sus reuniones “pánicas”en la que logró poner frente a frente a Jodorowsky y a Topor, recordaron la anécdota de Newton y su huida a los Alpes en busca de dragones. ¿Cuáles son los dragones de hoy? se pregunta el trío. Yo lo sé, yo sé cual es la estupidez en la que estamos creyendo y que cuando pasen los años la gente se reirá de nosotros… es el Amor, ese invento de la policía… los últimos humanistas que quedan… dijo Topor. Su última obra, presentaba a su novia tumbada en la cama y en cada arruga de las sábanas escribió: te quiero, te quiero, te quiero… Grandeza y miseria de la imaginación y de la inteligencia… será el amor.


BIBLIOGRAFÍA:


SIERVO LIBRE DE AMOR, Juan Rodríguez del Padrón, Ed. Castalia, Madrid, 1986

PROCESSO DE CARTAS DE AMORES, Juan de Segura, Ed. Ams Press, New York, 1970

PENITENCIA DE AMOR, Pedro Manuel Ximénez de Urrea, Ed. Akal, Madrid, 1996

CÁRCEL DE AMOR, Diego de San Pedro, Ed. Cátedra, Madrid, 2004

ARNALTE Y LUCENDA, Diego de San Pedro, Ed. Cátedra, Madrid, 2004

CARTAS Y COPLAS PARA REQUERIR NUEVOS AMORES, en Tratados de amor en el entorno de Celestina (siglos XV-XVI) Ed. Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, Madrid, 2001, págs. 247-259

SERMÓN, Diego de San Pedro, Ed. Cátedra, Madrid, 2004

TRATADO DE AMOR, Juan de Mena, en Tratados de amor en el entorno de Celestina (siglos XV-XVI) Ed. Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, Madrid, 2001, págs. 31-49

REPETICIONES DE AMORES, Luis de Lucena, en Tratados de amor en el entorno de la Celestina (siglos XV-XVI) Ed. Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, Madrid, 2001, págs. 93-160