viernes, agosto 27, 2010

ÁGORA (adaptación)


ÁGORA
Marta Sofía
Planeta, Barcelona, 2009


- Hoy comprendo que esa bella melodía no estaba escrita para el oído de los sabios, sino para la sutil percepción de una mujer. Pág. 9

- Sí, es cierto, durante mucho tiempo yo fui un esclavo, pero mi corazón y mi mente eran libres y estaban llenos de ilusiones. Ahora soy un hombre de esos que se consideran libres, pero soy prisionero de mis recuerdos, y mi corazón está encerrado en la peor de las condenas: la culpa. ¿Acaso sois vosotros más libres de lo que yo fui? ¿Acaso vuestros corazones están libres de toda condena? Yo daría toda mi vida en libertad por uno solo de esos instantes que viví siendo el esclavo de Hipatia, la filósofa de Alejandría. Pág. 10

- Cuando estuve listo, pasé a ser el esclavo personal de Hipatia. Con el tiempo comprobé que la educación que ella había recibido era más amplia y exquisita que la de cualquier filósofo o gobernante que frecuentaban el hogar. Instruida personalmente por su padre, Hipatia gozaba de plena libertad y autonomía, amor por el saber y pasión por la política de la ciudad. A pesar de su belleza, de su buen juicio y de ser unos años mayor que yo, todavía no estaba casada. Vestía la toga de los filósofos, y puedo jurar que cuando éstos venían a la casa su opinión era escuchada no como la de uno más, sino con mayor atención. Año tras año, su sabiduría crecía y con ella mi devoción, pero no era el único, Hipatia era muy admirada por toda la ciudad. Estaba absolutamente dedicada al conocimiento y su fama llegó a ser tal, que se convirtió en maestra, pero no en una maestra cualquiera, sino en la maestra de la élite. Pág. 19

- La luz de la ventana anexa iluminaba su rostro, y su mirada estaba perdida la mayor parte del tiempo. No duraba largo rato leyendo los papiros, no era la Hipatia concentrada en sus estudios que yo había conocido. No, era una Hipatia abatida y triste, pensativa y ausente, una Hipatia despojada de su fortaleza habitual y que ahora, ante mis ojos, era la imagen de la fragilidad. Pág. 123

- Y son mis recuerdos los que he narrado. Me habría gustado hablaros de un tiempo de tolerancia, de un tiempo de libertad; de un lugar de convivencia pacífica, de una generación libre de ignorancia… Pero quizá sea demasiado pronto. Quizá los hombres necesiten de varios siglos para aprender que ninguna idea vale más que la vida de un ser humano y que nadie es poseedor de la verdad… O quizá no aprendan nunca. Pág. 300

sábado, agosto 07, 2010

BLADE RUNNER (adaptación)


BLADE RUNNER ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Philip K. Dick
Edhasa, Barcelona, 2000



- Ese había sido el incentivo básico de la inmigración. El androide era la zanahoria, y la lluvia radiactiva el látigo. La ONU hizo que emigrar fuera fácil, y difícil –cuando no imposible- quedarse. Permanecer en la Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado en cualquier momento como biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia prístina de la estirpe humana. Una vez calificado “especial”, un ciudadano quedaba, aunque aceptara la esterilización, al margen de la historia. Cesaba de pertenecer a la humanidad. Y sin embargo, aquí y allá había personas que se negaban a emigrar: eso constituía una irracionalidad sorprendente incluso para los interesados. Lógicamente, todos los normales tenían que haber emigrado ya. Quizás, a pesar de su deformación, la Tierra seguía siendo familiar e interesante. O quizá quienes permanecían imaginaban que la nube de polvo terminaría por caer. De todos modos, miles de personas se habían quedado, agrupadas en su mayoría en zonas urbanas donde podían verse físicamente, y animarse mutuamente con su presencia. Estos parecían relativamente cuerdos; pero además –una dudosa adición- había en los suburbios, virtualmente abandonados, seres ocasionales y peculiares. Pág. 22

- Pensó también en su necesidad de un animal verdadero. Una vez más se manifestaba el odio que le inspiraba su oveja eléctrica, que debía cuidar y atender como si estuviera viva. La tiranía de los objetos, pensó. Ella no sabe que yo existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la existencia de otro ser. Jamás había pensado antes en la semejanza entre los animales eléctricos y los andrillos. Un animal eléctrico era una forma inferior, un robot de menor calidad. O a la inversa, un androide era una versión altamente desarrollada del seudoanimal. Las dos ideas le resultaban repulsivas. Pág. 41