miércoles, enero 07, 2015

LOLITA (adaptación)






LOLITA
VLADIMIR NABOKOV
Comunicación y Publicaciones S.A., Barcelona, 2005


  • Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. Pag. 17


  • Hay dos clases de memoria visual: mediante una de ellas recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos (y así veo a Annabel: en términos generales, tales como “piel color de miel”, “brazos delgados”, “pelo castaño y corto”, “pestañas largas”, “boca grande, brillante”); con la otra evocamos de manera instantánea, con los ojos cerrados, tras la oscura intimidad de los párpados, nuestro objetivo, réplica absoluta, desde un punto de vista óptico, de un rostro amado, un diminuto espectro que conserva sus colores naturales (y así veo a Lolita). Pág. 21


  • ¡Ojalá hubiera sido escritora, en vez de escritor! Entonces habría podido hacerla posar desnuda bajo una luz implacable. Pero soy Humbert Humbert, alto, huesudo, peludo, con espesas cejas negras, un acento que suena raro y un oscuro pozo de monstruos que se pudren tras una sonrisa de muchacho. Tampoco ella es la niña frágil de una novela femenina. Lo que me enloquece es la naturaleza ambigua de esta nínfula –de todas las nínfulas, quizás-; esa mezcla que percibo en mi Lolita de tierna y soñadora puerilidad y una especie de desconcertante vulgaridad. Una vulgaridad que me trae a la memoria muchos recuerdos: el de la pretenciosa elegancia de los anuncios y las fotografías de las revistas femeninas, sin duda, pero también el de las rechonchas y coloradotas adolescentes que trabajaban como criadas en mi viejo país, las cuales despedían un olor agrio a colonia barata y sudor, y el de las jovencísimas prostitutas vestidas de niña en los burdeles provincianos. Repito que todo esto se mezcla con una sorprendentemente impoluta ternura que se trasluce a través de los perfumes y el barro, de la mugre y la muerte. Pág. 71


  • Apenas se detuvo el automóvil, Lolita se precipitó, literalmente, en mis brazos. Sin atreverme a abandonarme, sin atreverme a creer que aquello (dulce humedad y fuego trémulo) fuera el principio de la vida inefable que, hábilmente auxiliado por el destino, por fin se había hecho realidad para mí, tampoco me atrevía a besarla. Acaricié apenas sus labios, ardientes y abiertos, casi con lástima, de modo nada salaz. Pero ella, con un estremecimiento impaciente, apretó su boca contra la mía con tal fuerza que sentí sus grandes dientes delanteros y saboreé su saliva, que sabía a menta. Era consciente, desde luego, que no era más que un juego inocente por su parte, una chiquillada propia de una adolescente que imitaba algún edulcorado simulacro de aventura romántica. Pág. 172


  • De repente, se precipitó en mis brazos impacientes, radiante, abandonada, para acariciarme con sus ojos tiernos, misteriosos, impuros, indiferentes, umbríos… A decir verdad, parecía la más vulgar e interesada de las bellezas vulgares e interesadas. Pues eso es lo que imitan las nínfulas, mientras nosotros gemimos y morimos. Pág. 183


  • Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los personajes literarios. Aunque abramos El rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al pobre soberano apurando hasta la última gota de su jarra de cerveza la mar de contento, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. Nunca revivirá Emma, reanimada en el momento oportuno por las sales simpáticas contenidas en las lágrimas que Flaubert pone en los ojos de su padre. Sea cual fuere la evolución que este o aquel personaje popular ha experimentado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente, y, de manera similar, esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Pág. 403


  • Y, mientras mis piernas de autómata seguían andando, me impresionó el hecho de que, sencillamente, no sabía una palabra acerca de la mente de mi niña querida, y, que sin duda, más allá de los estúpidos clichés juveniles, había en ella un jardín y un crepúsculo y el portal de un palacio: regiones vagarosas y adorables, completamente prohibidas para mí, ajenas a mis sucios andrajos y a mis miserables convulsiones. Y es que a menudo había advertido que al vivir, como vivíamos, en un mundo de mal absoluto, nos sentíamos extrañamente avergonzados cada vez que yo intentaba conversar acerca de algo que ella y una amiga mayor, que ella y uno de sus progenitores, que ella y un novio sano y de verdad, que yo y Annabel, que Lolita y un Harold Haze sublimado, purificado, analizado, divinizado, habrían podido discutir con toda naturalidad: una idea abstracta, un cuadro, la poesía efectista de Hopkins o la imaginativa de Baudelaire, Dios o Shakespeare, cualquier cosa genuina. ¡Ojalá Dios lo hubiera permitido! Lolita acorazaba su vulnerabilidad mediante vulgares desplantes y aburrimiento, mientras que yo, al formular mis comentarios desesperadamente inconexos, utilizaba un tono de voz artificial que provocaba dentera en los pocos dientes que me quedaban y hacía que ella respondiera con una rudeza que imposibilitaba todo diálogo entre nosotros. ¡Oh, mi pobre niña profundamente herida!
Te quería. Era un monstruo pentápodo, pero te quería.

Era despreciable, y brutal, y lascivo, y cuanto pueda imaginarse, mais je t’aimais, je t’aimais! Pág. 433