lunes, septiembre 02, 2013

CUMBRES BORRASCOSAS (adaptación)




CUMBRES BORRASCOSAS
EMILY BRONTE
Ed. Sarpe, Madrid, 1984

-          Regreso en este momento de visitar al dueño de mi casa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un motivo de preocupación. La comarca en que he venido a residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra. El señor Heathcliff y yo podríamos haber sido una pareja ideal de camaradas en este bello país. Pág. 21

-          Catalina le amenazó con que los libros de José responderían de los daños que pudieran sufrir los suyos, se rió al pasar al lado de Hareton y subió a su cuarto con el corazón menos oprimido que hasta entonces. La intimidad entre los muchachos se desarrolló rápidamente, aunque tuvo algunos eclipses. El buen deseo no era suficiente para civilizar a Hareton y tampoco la señorita era un modelo de paciencia, pero como los dos tendían a lo mismo, ya que uno amaba y deseaba apreciar y el otro se sentía amado y deseaba que le apreciasen, los resultados no se hicieron esperar. Pág. 346

-          Cuando se detuvieron en la puerta para mirar una vez más la luna –o, más exactamente, para mirarse el uno al otro a la luz lunar-, sentí otra vez un irresistible impuso de marcharme. Así que, deslizando un pequeño recuerdo en la mano de la señora Dean, y desoyendo sus protestas por la brusquedad con que marchaba, salí por la cocina mientras los novios abrían la puerta del salón. Pag. 368

-          No tardé en descubrir las tres lápidas sepulcrales, colocadas en un talud, cerca del páramo. La de en medio estaba amarillenta y cubierta de matorrales; la de Linton, sólo adornada por el musgo y la hierba que crecía a su pie, y la de Heathcliff, todavía completamente desnuda. Yo me detuve a su lado, bajo el cielo sereno. Y siguiendo con los ojos el vuelo de las libélulas entre las plantas silvestres y las campánulas, y escuchando el rumor de la suave brisa entre el césped, me admiró que alguien pudiera atribuir inquietos sueños a los que dormían en tumbas tan apacibles. Pág. 369