lunes, diciembre 01, 2014

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES (adaptación)





MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES
WILLIAM SHAKESPEARE
Ed. Península, Barcelona, 1998


BENEDICTO [a don Pedro]: El cuerpo de vuestro discurso está hecho de retales, y las guardas están precariamente embastadas en el vacío. (1.1.268-270)


DON JUAN: Preferiría ser un gusano en un zarzal antes que una rosa que él amara, y más se acuerda con mi sangre ser desdeñado de todos que amoldar mi conducta para obtener el amor de alguno. Y así, aunque no se me pueda llamar un honesto adulador, no se puede negar que soy un villano sincero. Si se fían de mí es con mordaza, si tengo libertad es con restricciones. Por tanto, he resuelto no cantar en mi jaula. Si dispusiera de mi boca mordería. Si gozara de libertad camparía a mis respetos. Mientras tanto, dejadme ser lo que soy y no tratéis de alterarme. (1.3.25-34)


BEATRIZ: El cortejo, la boda y el arrepentimiento son como una jiga escocesa, un minué y una tarantela. El primer galanteo es ardido y rápido, como una jiga escocesa, igual de fantástico; la boda es formal y discreta, como un minué, llena de dignidad y tradición; y después llega el arrepentimiento, y con sus malas piernas cae cada vez más rápido en la tarantela, hasta hundirse en la tumba. (2.1.65-72)


CLAUDIO: En todo es constante la amistad salvo en el oficio y lances del amor. Así, que todos los corazones enamorados usen sus propias lenguas. Que cada ojo se ocupe de sus asuntos, y no se confíe a ningún intermediario; porque la belleza es una bruja cuyos conjuros derriten la fe en la sangre. (2.1.165-170)


HERO: Nunca la naturaleza moldeó un corazón de mujer de materia más orgullosa que el de Beatriz. El desdén y el menosprecio cabalgan relumbrantes en sus ojos, que desprecian cuanto contemplan, y en tanto se tiene su ingenio que a ella todo lo demás le parece baladí. No puede amar, ni esbozar forma o proyecto de afecto, tan pagada está de sí misma. (3.1.49-56)


LEONATO [a su hermano Antonio]: Te ruego que detengas tu consejo, que cae tan inútilmente en mis oídos como agua en un cedazo. No me des consejo, ni alivie mi oído ningún consuelo a no ser que provenga de alguien cuyas desgracias se equiparen a las mías. Los hombres pueden dar consejos y hablar en alivio de las penas que no sienten en ellos, pero al probarlas su consejo se torna pasión, habiendo dado antes preceptos médicos a la rabia, encadenado la locura extrema con un hilo de seda, encantado el dolor con aire y la agonía con palabras. No, no, todos los hombres son aptos para hablar de paciencia a los que se encogen bajo la carga del dolor, pero ninguno tiene virtud ni fuerza para conservar la moral cuando ha de soportar él mismo algo semejante. Por tanto no me des consejo. Mis penas gritan más que las recomendaciones. (5.1.3-32)