martes, diciembre 01, 2015

LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA (adaptación)





LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA
EDUARDO MENDOZA
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2000


Los transeúntes se hacían los sordos. Nosotros seguíamos corriendo cogidos de la mano. Eran días de irresponsable plenitud, de felicidad imperceptible. Pág. 24


-          Ya veo por dónde vas –replicó Pajarito de Soto-, aunque creo que yerras. Si la libertad no existe fuera del marco de las realidades (como la libertad de volar, que sobrepasa los límites físicos del hombre), no es menos cierto que dentro de dichos límites la libertad es compleja y, según el uso que se haga ella, se configurarán las condiciones subsiguientes. Tomemos, por ejemplo, la protesta obrera en nuestros días. ¿Me vas a decir que no es un hecho condicionado por las circunstancias? No. Nada más palmario: las condiciones salariales, el desequilibrio de precios y salarios, las condiciones de trabajo, en suma, no podían sino producir esta reacción. Ahora bien, ¿cuál será el resultado? Lo ignoramos. ¿Conseguirá la clase trabajadora el otorgamiento de sus exigencias? Nadie lo puede prever. ¿Por qué? Porque la derrota o el triunfo dependen de la elección de los medios. Por tanto, y ahí mi conclusión, la misión de todos y cada uno de nosotros no es luchar por la libertad o el progreso, en abstracto, que son palabras huecas, sino contribuir a crear unas condiciones futuras que permitan a la humanidad una vida mejor en un mundo de horizontes amplios y claros. Pág. 66


Manifesté que así lo haría y le tendí la mano, pero ella se aproximó a mi rostro y me dio en los labios un beso de los que sólo en los sueños de los solitarios sin amor se dan y se reciben. Pág. 74


¿Habrá quien quiera escucharme con otros oídos que no sean los de la fría razón? Ya sé, ya sé. Por dignidad debí despreciar los halagos de quienes provocaron directa o indirectamente la muerte de Pajarito de Soto. Pero yo no podía pagar el precio de la dignidad. Cuando se vive en una ciudad desbordada y hostil; cuando no se tienen amigos ni medios para obtenerlos; cuando se es pobre y se vive atemorizado e inseguro, harto de hablar con la propia sombra; cuando se come y se cena en cinco minutos y en silencio, haciendo bolitas con la miga del pan y se abandona el restaurante apenas se ha ingerido el último bocado; cuando se desea que transcurra de una vez el domingo y vuelvan las jornadas de trabajo y las caras conocidas; cuando se sonríe a los cobradores y se le entretiene unos segundos con un improvisado comentario trascendente y fútil; en estos casos, uno se vende por un plato de lentejas adobado con media hora de conversación. Pág. 98


En este mundo moderno que nos ha tocado vivir, donde los actos humanos se han vuelto multitudinarios, como el trabajo, el arte,  la vivienda e incluso la guerra, y donde cada individuo es una pieza de un gigantesco mecanismo cuyo sentido y funcionamiento desconocemos, ¿qué razón se puede buscar a las normas de comportamiento? Pág. 100


El mestre Roca fue uno de los pocos anarquistas a los que llegué a ver antes de la irrupción violenta del 19. El anarquismo era una cosa, y los anarquistas, otra muy distinta. Vivíamos inmersos en aquél, pero no teníamos contactos con éstos. Por aquel entonces, y así siguió siendo durante algunos años, tenía yo una visión bien pintoresca de los anarquistas: hombres barbados, cejijuntos y graves, ataviados con faja, blusón y gorra, hechos a la espera callada tras una barricada de muebles destartalados, tras los barrotes de una celda de Montjuïc, en los rincones oscuros de las calles tortuosas, en los tugurios, en espera de que llegase su momento para bien o para mal y el ala cartilaginosa de un murciélago gigantesco y frío rozase la ciudad. Hombres que aguardaban agazapados, estallaban en furia y eran ejecutados al amanecer. Pág. 103


A decir verdad, la situación del país en aquel año de 1919 era lo peor por la que habíamos atravesado jamás. Las fábricas cerraban, el paro aumentaba y los inmigrantes procedentes de los campos abandonados fluían en negras oleadas a una ciudad que apenas podía dar de comer a sus hijos. Los que venían pululaban por las calles, hambrientos y fantasmagóricos, arrastrando sus pobres enseres en exiguos hatillos los menos, con las manos en los bolsillos los más, pidiendo trabajo, asilo, comida, tabaco y limosna. Los niños enflaquecidos corrían semidesnudos, asaltando a los paseantes; las prostitutas de todas las edades eran un enjambre patético. Y, naturalmente, los sindicatos y las sociedades de resistencia habían vuelto a desencadenar una trágica marea de huelgas y atentados; los mítines se sucedían en cines, teatros, plazas y calles; las masas asaltaban las tahonas. Los confusos rumores que, procedentes de Europa, daban cuenta de los sucesos de Rusia encendían los ánimos y azuzaban la imaginación de los desheredados. En las paredes aparecían signos nuevos y el nombre de Lenin se repetía con frecuencia obsesiva.
Pero los políticos, si estaban intranquilos, lo disimulaban. Inflando el globo de la demagogia intentaban atraerse a los desgraciados a su campo con promesas tanto más sangrantes cuanto más generosas. A falta de pan se derrochaban palabras y las pobres gentes, sin otra cosa que hacer, se alimentaban de vanas esperanzas. Y bajo aquel tablado de ambiciones, penoso y vocinglero, germinaba el odio y fermentaba la violencia. Págs. 185-186.


-          ¡Matilde!, ¿dónde te has metido?
-          ¿Me llamaba la señora?
María Rosa Savolta examinó con severa mirada la contradictoria figura de la criada. ¿Qué hacía aquel ser de rudeza esteparia y garbo de dolmen, chato, cejijunto, dentón y bigotudo en un salón donde todos y cada uno de los objetos rivalizaban entre sí en finura y delicadeza? ¿Y quién le habría puesto aquella cofia almidonada, aquellos guantes blancos, aquel delantal ribeteado de puntillas encañonadas?, se preguntaba la señora. Y la pobre Matilde, como si siguiera el curso de los pensamientos de su ama, bajaba los ojos y entrelazaba los dedos huesudos, esperando una reprimenda, elaborando una precipitada disculpa. Pero la señora estaba de buen humor y rompió a reír con una carcajada ligera como un trino.
-          ¡Mi buena Matilde! –exclamó; y luego, recobrando la seriedad-: ¿Sabes si han confirmado la hora de la peluquería? Págs. 189-190.


-          ¡No! No me iré –prosiguió el enardecido beodo-. Antes tengo que deciros un par de cosas. Este individuo –señaló a Nemesio- afirma que vuestra conducta licenciosa es la causa de la pobreza que os corroe y hace enfermar a vuestras mujeres y a vuestros hijos. Y yo os digo que eso no es verdad. Todos vosotros padecéis la miseria, el hambre, el analfabetismo y el dolor por culpa de Ellos –señaló, siempre con el dedo extendido hacia un hipotético grupo situado más allá de los muros del local-. De Ellos, que os oprimen, os explotan, os traicionan y, si es preciso, os matan. Yo sé de casos que os pondrían los pelos de punta. Sé nombres de personas ilustres que tienen las manos rojas de sangre de los trabajadores. ¡Ah! No las veréis, porque las cubren blancos guantes de cabritilla. ¡Guantes traídos de París y pagados con vuestro dinero! Creéis que os pagan por el trabajo que realizáis en sus fábricas, pero es mentira. Os pagan para que no os muráis de hambre y podáis seguir trabajando, de sol a sol, hasta reventar. Pero el dinero, la ganancia, ¡no!, eso no os lo dan. Eso se lo quedan Ellos. Y se compran mansiones, automóviles, joyas, pieles y mujeres. ¿Con su dinero? ¡Qué va! ¡Con el vuestro! Y vosotros, ¿qué hacéis? Mirad, miraos los unos a los otros y decidme, ¿qué hacéis? Págs. 213-214.


Pere Parells, con una copa de Jerez y un cigarrillo, fue a dar en un corro formado por dos jovenzuelos imberbes, un anciano poeta y una señora de aspecto varonil que resultó ser la agregada cultural de la embajada holandesa en España. El poeta y la señora comparaban culturas.
-          He observado con amargura –decía la señora en fluido castellano que apenas dejaba traslucir un leve acento extranjero- que las clases altas españolas, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Europa no consideran la cultura como un blasón, sino casi como una lacra. Juzgan por el contrario de buen tono hacer gala de ignorancia y desinterés por el arte y confunden refinamiento con afeminamiento. En las reuniones sociales no se habla jamás de literatura, pintura o música, los museos y las bibliotecas están desiertos y el que siente afición por la poesía procura ocultarlo como algo infamante.
-          Tiene usted mucha razón, señora van Pets.
-          Van Peltz –corrigió la señora.
-          Tiene usted mucha razón. Recientemente, en octubre pasado, di un recital de mis poesías en Lérida y, ¿creerá usted que la sala del Ateneo estaba medio vacía?
-          Es lo que digo, aquí se desprecia la cultura por mor de una hombría mal entendida, lo mismo que ocurre, y no se ofenda usted, con la higiene.
-          Dos de nuestras más gloriosas figuras, Cervantes y Quevedo, conocieron días de dolor en la cárcel –apuntó uno de los jovenzuelos imberbes.
-          La aristocracia española ha perdido la oportunidad de alcanzar renombre universal. En cambio la iglesia ha sido, en este aspecto, mucho más inteligente: Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Góngora y Gracián se acogieron al beneficio del estado clerical –señaló la señora Van Peltz.
-          Una lección histórica que debían tomar en consideración los nuevos ricos –apuntó Pere Parells con una sonrisa torcida.
-          Bah –exclamó el poeta-, con ésos no hay que contar. Van a roncar al Liceo porque hay que lucir las joyas y adquieren cuadros valiosos para darse tono, pero no distinguen una ópera de Wagner de una revista del Paralelo.
-          Bueno, no hay que exagerar –dijo Pere Parells recordando para sus adentros algunos títulos de revista que le habían complacido especialmente-. Cada cosa tiene su momento.
-          Y así –prosiguió la señora Van Peltz, que no estaba dispuesta a tolerar digresiones frívolas-, los artistas se han vuelto contra la aristocracia y han creado ese naturalismo que padecemos y que no es más que afán de echarse en brazos del pueblo halagando sus instintos. Págs. 216-217.






domingo, noviembre 15, 2015

EL CRIMEN DE CUENCA (adaptación)







EL CRIMEN DE CUENCA
LOLA SALVADOR MALDONADO
Ed. Argos Vergara, Barcelona, 1979


El Real Decreto de noviembre de 1833, vigente a principios de nuestro siglo XX, divide, por orden de importancia, las cuarenta y nueve provincias españolas en tres clases. Cuenca pertenece a la tercera, a pesar de ser, en extensión, la quinta del país. Sus 17.419 kilómetros cuadrados se despliegan desde los altos prados de la Serranía, por los suaves paisajes de la Alcarria, hasta las llanuras de trigales y viñedos de La Mancha.
Al atravesar la región, se tarda en descubrir aquello que se espera: la llanura infinita ondulada de ocres, el antiguo campo Espartario que los árabes llamaron Manxa, tierra seca, que ocupa la mitad de la provincia.
A una altura media de 700 metros, en la planicie manchega enmarcada por los montes de Toledo, el sistema Ibérico y la cordillera Bética, los pueblos castellanos aparecen diseminados por el horizonte, unidos por tramos de carretera despejada que permiten ver en la lejanía la silueta del campanario del pueblo siguiente, cuando aún no se ha abandonado el anterior.
Ni que decir tiene que las casas son blancas y que la apariencia de las mismas se renueva cada año, cuando al acercarse las fiestas de la Virgen, a pesar del calor aplastante, la ceremonia del blanqueo se convierte en la principal ocupación de los vecinos.
21 de agosto de 1910. Domingo. En el pueblo de Osa de la Vega, uno de los 293 municipios de la provincia, las fachadas de las casas desafiaban al sol con su blancura. El segundo domingo de setiembre se celebraría el día de la Virgen de la Vega, patrona de Osa –de “la Osa”, como dicen sus habitantes- y había corrido la cal. Como siempre, se esperaba que los festejos fueran sonados en borracheras y bailes, aunque la iglesia, también como siempre, a pesar del motivo de la celebración, no sería demasiado frecuentada.

-          En la Osa hay mucho elemento de izquierdas – solía decir con su habitual aire soñador la condesa de Tarancón. Y añadía -: No parecen manchegos. Págs. 11, 12.



22 DE ABRIL, JUEVES

-          Le exhorto a decir la verdad. Le advierto que de una forma precisa, clara y conforme a la verdad, debe responder a las preguntas que se le hagan.
Hablaba Isasa pausadamente, con un cierto gusto al escucharse. Frente a él estaba León, reconcentrado en sí mismo, agarrotadas las mandíbulas, obstinadamente silente.
-          le exhorto a decir la verdad, enterándole de que si rehusa contestar o se finge loco, sordo o mudo, no por ello dejará de continuar la instrucción de este proceso.
Por toda respuesta, León alargó sus manos encadenadas hacia el juez, mostrándole la hinchazón de las mismas, los hierros perdidos en las muñecas amoratadas. Isasa hizo un gesto de desagrado y ordenó al de Vera:
-          Llame al teniente, que aflojen esos hierros.
Avisó el secretario y entró Tabeada, quien disculpándose, abrió los grillos unos puntos, arrancando un grito de dolor del detenido.
-          Señor juez, se los ha debido apretar él mismo para llamar la atención.
Se quejaba León, próximo a desmayarse de dolor.
-          Puede marcharse, teniente, gracias. Vamos a tomar declaración al procesado. Págs. 62, 63.


27 DE ABRIL, MARTES

Fueron inútiles los esfuerzos de la guardia aquella mañana por adecentar a Gregorio. A causa del poco líquido que ingería, la sangre le brotaba muy espesa, y se coagulaba en grandes costrones sobre las heridas. Cuando le subieron en volandas al despacho, iba Gregorio prácticamente inconsciente, balbuceando. En su cabeza sólo había unas palabras, oídas la noche antes, o aquella misma mañana. Unas palabras terribles, mezcladas con gritos ahogados: las de León, declarándose autor de la muerte de Grimaldos. Taboada le había apostado a la puerta de León, y del interior de la celda, salía, repetida, la confesión de su compañero:
-          Lo maté yo, yo lo maté, se lo diré al juez. Pág. 82





domingo, noviembre 01, 2015

THE INVISIBLE poema del film




El día se consume,
se vuelve noche, 
quema el borde de mi alma.

En la noche estallo,
en chispas de soles,
y me vuelvo el fin del fuego,
el polvo de huesos.

La noche acuchilla mi aliento,
se traga entera mi lengua,
voltea, invierte, regresa.

En la noche veo lo real,
oculto por la mentira del día,
ojos cocidos, cerrados,
sonrisa de dientes blancos.

El sueño camina y habla, 
los pies marcan el tiempo
de un tambor inexistente. 





viernes, octubre 02, 2015

EL ABUELO (adaptación)




EL ABUELO
BENITO PÉREZ GALDÓS
Comunicación y Publicaciones S.A., Barcelona, 2006



-          Allí pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz… Luego me he venido pasito a paso por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah!, todos los caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las breñas, las rocas, los árboles… Hasta los pájaros creo que son los mismos de mi niñez. Esta hermosa Naturaleza fue mi nodriza. ¡No podréis comprender, niñas inocentes que empezáis a vivir, cúan grato y cúan triste al mismo tiempo es para mí recorrer estos sitios, ni cuanto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y personas! Todo lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce…, y que desde el mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda en suspenso…, no sé cómo decirlo…, se para y mira… para ver pasar al desdichado conde de Albrit. (Las dos niñas suspiran). Pág. 38


Es el maestro de las niñas de Albrit un anciano de estatura menguada, muy tieso de busto y cuello y algo dobladito de cintura; las piernas muy cortas. La expresión bonachona de su rostro no lograron borrarla los años con todo su poder ni los pesares domésticos con toda su gravedad. Guiña los ojuelos, y al mirar de cerca sin anteojos, los entorna, tomando un cariz de agudeza socarrona puramente superficial, pues hombre más candoroso, puro y sin hiel no ha nacido de madre. Un rastrojo de bigote de varios colores, recortado como un cepillo, cubre su labio superior. Viste con pobreza limpia anticuadas ropas, recompuestas y vueltas del revés, atento siempre al decoro de la presencia en público.
Maestro de escuela jubilado, desempeñó con eficacia su ministerio durante treinta años, distinguiéndose, además, como profesor privado de materias de la primera y segunda enseñanzas. Su defecto era la flojedad del carácter y la tolerancia excesiva con la niñez escolar. Sabía el hombre todo lo que saber necesita un maestro y algo más, pero con la edad y las inauditas adversidades que le agobiaban fue los papeles y hasta la afición. Su cabeza llegó a pertenecer al reino de los pájaros; su memoria era una casa ruinosa y desalojada, en la cual ninguna idea podía encontrar aposento: todo lo que perdía en ciencia lo ganaba en debilidad y relajación del carácter. En esta situación le designó don Carmelo para maestro de las niñas de Albrit, teniendo en cuenta tres razones: que si no sabía mucho, no había en Jerusa quien le aventajaba; que era honrado, honesto, absolutamente incapaz de enseñar a sus discípulas cosa contraria a la moral, y, por último, que al aceptarle para aquel cargo realizaba la Condesa un acto caritativo. Su bondad, la excesiva blandura de corazón eran ya en Coronado un defecto, casi un vicio, por lo cual, lamentándose de sus acerbas desdichas, solía decir, elevando al cielo los ojos y las palmas de las manos: “¡Señor, qué malo es ser bueno!”. Págs. 105, 106.


-          Sí, sí, y los nobles presumidos. Aparte de eso, ¿no alcanzáis a ver la relación íntima del honor con la justicia, con el derecho público y privado? No, no la veis… Sin duda sois más ciegos que yo… Y decidme ahora, tontainas: ¿también os parecen cosa baladí la pureza de las razas, el lustre y grandeza de los nombres, bienes que no existen, que no pueden existir sin la virtud acrisolada de las personas que…? (Sus interlocutores callan, observándole.) No, no me entendéis. Tú, clérigo, y tú, doctorcillo, vivís envenenados por los miasmas de la despreocupación actual de ese asqueroso lo mismo da, de ese inmundo ¿y qué? Pág. 124


Dormitorio del Conde. Es de noche. Una lamparilla de aceite, puesta en una rinconera, alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida, llorona; un punto de claridad que vagamente dibuja y pinta de tristeza los muebles viejos, las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del balcón.
Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar como los fabordones de un órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose en los ángulos de la casa. Pág. 163


-          Hija mía, tu charla inocente, tu ingenuidad, tu alma, que sale con tu voz y aletea en tus resoluciones, hacen en mí el efecto de un tremendo huracán…, ¿no entiendes?...; sí, de un huracán que me envuelve, me arrebata, me arroja en medio de la mar… Pág. 186





martes, septiembre 01, 2015

DRÁCULA poema del film




Look at love
how it tangles
with the one fallen in love
look at spirit
how it fuses with earth
giving it new life
why are you so busy
with this or that or good or bad
pay attention to how things blend
why talk about all
the known and the unknown
see how the unknown merges into the known
why think separately
of this life and the next
when one is born from the last
look at your heart and tongue
one feels but deaf and dumb
the other speaks in words and signs
look at water and fire
earth and wind
enemies and friends all at once
the wolf and the lamb
the lion and the deer
far away yet together
look at the unity of this
spring and winter
manifested in the equinox
you too must mingle my friends
since the earth and the sky
are mingled just for you and me
be like sugarcane
sweet yet silent
don’t get mixed up with bitter words

my beloved grows right of my own heart
how much more union can there be.


LOOK AT LOVE
by Rumi  



domingo, agosto 02, 2015

SIETE AÑOS EN EL TIBET (adaptación)





SIETE AÑOS EN EL TÍBET
HEINRICH HARRER                
Ediciones B, Barcelona, 1997



Para los budistas, esta montaña es el trono de los dioses, el monte santo de las leyendas, no existe un solo tibetano que no sueñe con poder contemplarla. Los verdaderos creyentes no dudan en recorrer dos mil o tres mil kilómetros para venir en peregrinación, y algunos de ellos llegan a medir con sus cuerpos la distancia que de ella los separa. Pág. 81

Al atardecer entramos en Tradün. El pueblo está dominado por la mole de su monasterio de lamas, que el sol poniente colorea con reflejos purpúreos. Detrás de la eminencia en que está edificado se apiñan las casas de la población, que, como todas las de esta región del Tíbet, están construidas con pellas de tierra y recubiertas sin cocer. Los habitantes se han reunido para vernos y nos contemplan en silencio. Inmediatamente nos conducen a una casa preparada para nosotros, y apenas hemos tenido tiempo de descargar nuestros animales cuando se presentan unos criados que nos invitan a seguirlos. Pág. 85

Kyirong significa en tibetano “pueblo de la beatitud”, y en verdad que nunca olvidaré los meses que allí he pasado. Si pudiera elegir y me preguntaran dónde me gustaría terminar mis días, respondería sin dudarlo un momento: en Kyirong. Me haría edificar un chalet de madera de cedro rojo y, para regar mi jardín, desviaría las aguas de uno de los innumerables riachuelos que descienden de las montañas. Toda clase de frutas y de flores se dan bien en Kyirong, que, a pesar de su altitud de 2770 metros, no deja de hallarse a 28 grados de latitud. Pág. 99

El 15 de enero de 1946 emprendemos la última etapa. Saliendo de la región de Tölung, penetramos en el amplio valle del Kyitchu; y, de pronto, desde una revuelta del camino, divisamos a lo lejos los dorados techos del Potala, el palacio de invierno del Dalai Lama, el monumento más característico de Lhasa. Mi alegría es tan grande, que siento deseos de ponerme de hinojos como un peregrino más. Pág. 167

Nuestros huéspedes son ciertamente de origen humilde, pero sus gestos y su manera de comportarse poseen una nobleza instintiva. Para hablar con nosotros se valen de un intérprete, pues su dialecto nos resulta incomprensible, y parece que, por su parte, hablan el tibetano corriente con cierta dificultad. El hermano del Dalai Lama, un muchacho de catorce años llamado Lobsang Samten, que vino a Lhasa de niño, se encarga de traducir la conversación. Curioso y despierto, no para de hacernos preguntas y nos pide gran cantidad de detalles de nuestra aventura. Más adelante supimos que el soberano le había dado el encargo de repetirle nuestras palabras. Cada vez que Lobsang o sus padres hacen alusión al Dalai, le llaman Kundun, es decir, “la presencia”. Su título oficial es Gyalpo Rimpoché, que puede traducirse por “el muy honorable soberano”. En cambio, los tibetanos no emplean nunca la denominación de Dalai Lama, la cual es de origen mongol y significa “el vasto océano”. Pág. 190

Cada mañana escucho las noticias, y me asombro de que se conceda tanta importancia a cosas que, en el fondo, no la tienen tan grande. En realidad, me tiene sin cuidado que un avión desarrolle una potencia superior a tal otro avión, o que un barco haya empleado tres minutos menos que su rival en cruzar el Atlántico. Todo depende del punto de vista en que uno se sitúe. Aquí, el galope de yak continúa siendo sinónimo de rapidez; desde hace siglos, la norma no ha variado. ¿Serían más felices los tibetanos si el automóvil destronase al yak? Aun cuando la apertura de una carretera hasta la frontera india contribuiría a elevar el nivel de vida de los habitantes, la irrupción de nuevas ideas y normas de existencia resultaría fatal para la paz y la felicidad de los tibetanos. ¿Por qué imponer a un pueblo costumbres que es incapaz de comprender y asimilar? Un proverbio lhasapa dice: “No se llega al quinto piso del Potala sin antes haber empezado por la planta baja”. Págs. 290, 291.

Cuando termina la discusión, el joven dios vuelve a subir a su trono, y su madre (la única mujer presente en aquel acto) le ofrece una taza de oro llena de té. El Dalai, disimuladamente, me lanza una ojeada, como si le interesase mi opinión y quisiera convencerse de su triunfo. Raras veces he visto semejante dominio y maestría en un muchacho de su edad, y casi llego a preguntarme si el Lama no será en verdad de origen divino. Pág. 346

Finalmente, algunas obras técnicas están dedicadas a la fabricación de las tankas, bordados de seda con motivos religiosos que adornan las paredes de los templos, monasterios y casas particulares. Su valor está en relación con su antigüedad y con la calidad de ejecución. Las tankas son sumamente solicitadas por los europeos, y algunos coleccionistas y aficionados compran a precio de oro las que se logran sacar fraudulentamente por Sikkim o por la India. En esos lienzos se reproducen episodios de la vida de los dioses del paraíso budista. Los que se dedican a fabricarlos se muestran muy orgullosos de su profesión, pues tienen que estudiar los libros sagrados y saberse toda la mitología tibetana. Si bien se admite toda clase de fantasías en los fondos ornamentales, el artista debe atenerse estrictamente a las convenciones y reglas para representar a los personajes. Durante su fabricación, la tanka se pone extendida sobre una tabla y, una vez pintada, se borda y se decora. Por ser cuadros religiosos, las tankas no pueden venderse, y si por cualquier motivo a una de ellas se la hace objeto de cesión, el producto de la venta sirve para comprar manteca destinada a alimentar las lámparas de un templo, o bien se reparte entre los pobres en forma de limosna. Yo sólo pude comprar una en Darjeeling, es decir, al otro lado de la frontera; pero, en cambio, al marchar de Lhasa, mis amigos me regalaron tres como recuerdo.
Las tankas más antiguas se hallan en el Potala y en los templos; aunque estén estropeadas y descoloridas, está prohibido destruirlas. Si un noble desea sustituir sus tankas viejas por otras nuevas, lleva las que no quiere al templo más cercano a su casa. El Dalai Lama me dijo que el Potala guardaba más de diez mil de esas tapicerías en sus fondos de reserva, y yo mismo pude comprobarlo personalmente. Págs. 372, 372.

El gobernador y yo salimos a caballo al encuentro del soberano, y cuando coronamos el puerto de Karo, a tres jornadas de Gyangtse por la ruta de Lhasa, descubrimos una interminable caravana que, envuelta en nubes de polvo, está subiendo por la otra vertiente. Al contemplar al joven Dalai cabalgando en medio de su cortejo, me viene a la memoria una profecía: un adivino ha predicho que el decimocuarto Dalai sería el último soberano del Tíbet. Mucho temo que acierte. Pág. 426.





jueves, julio 02, 2015

DOLPHIN TALE poema del film




Sea Fever

I must go down to the seas again, to the lonely sea and the sky,
And all I ask is a tall ship and a star to steer her by;
And the wheel’s kick and the wind’s song and the white sail’s shaking,
And a grey mist on the sea’s face, and a grey dawn breaking.

I must go down to the seas again, for the call of the running tide
Is a wild call and a clear call that may not be denied;
And all I ask is a windy day with the white clouds flying,
And the flung spray and the blown spume, and the sea-gulls crying.

I must go down to the seas again, to the vagrant gypsy life,
To the gull’s way and the whale’s way where the wind’s like a whetted knife;
And all I ask is a merry yarn from a laughing fellow-rover,
And quiet sleep and a sweet dream when the long trick’s over.

JOHN MASEFIELD


Traducción:

Debo bajar a los mares de nuevo, al solitario mar y al cielo,
y sólo pido una alta nave, y una estrella que la haya de guiar,
y el golpe del timón, y la canción del viento, y las velas henchidas,
y el manto de una niebla gris, y el despuntar de un gris amanecer.

Debo bajar a los mares de nuevo, el canto de la marea furiosa
es una llamada clara y salvaje que no puede ser desoída;
y todo lo que pido es un día ventoso de blancas nubes voladoras,
y las gotas esparcidas, y la espuma arrojada por el viento, y gritos de gaviotas.

Debo bajar a los mares de nuevo, a la vida errante de los cíngaros,
al camino de gaviotas y ballenas, donde el viento es como un cuchillo afilado;
y todo lo que pido es la historia alegre de un risueño trotamundos,
y un dulce y tranquilo sueño al soltar el timón tras la tormenta.










lunes, junio 01, 2015

SOLARIS (adaptación)







SOLARIS
STANISLAV LEM
Comunicación y Publicaciones S.A., Barcelona, 2006

Durante algún tiempo prevaleció la opinión (difundida con celo por la prensa cotidiana), de que el “océano pensante” de Solaris era un cerebro gigantesco, prodigiosamente desarrollado, que le llevaba varios siglos de ventaja a nuestra propia civilización; una especie de “yogui cósmico”, un sabio, una manifestación de la omnisciencia, que mucho tiempo atrás había comprendido la vanidad de toda actividad, y que por esta razón se encerraba desde entonces en un silencio inquebrantable. La opinión era errónea, pues el océano viviente actuaba; no, claro está, de acuerdo con las nociones de los hombres; no edificaba ciudades ni puentes, no construía máquinas volantes; no intentaba abolir las distancias ni se preocupaba por la conquista del espacio (criterio decisivo, según algunos, de la superioridad incontestable del hombre). El océano se entregaba a transformaciones innumerables, a una “autometamorfosis ontológica”. (¡La jerga especializada no falta en la descripción de las actividades solaristas!) Por otra parte, todo hombre de ciencia que se dedique al estudio de la Solariana tiene la indeleble impresión de percibir los fragmentos de una construcción inteligente, genial acaso, mezclados sin orden con producciones absurdas, aparentemente engendradas por el delirio. Así nació, en oposición a la concepción “océano-yogui”, la idea del “océano-autista”.
Dicha hipótesis exhumaron uno de los más antiguos problemas filosóficos: las relaciones entre la materia y el espíritu, entre el espíritu y la conciencia. Du Haart no carecía de audacia cuando sostuvo, por primera vez, que el océano estaba dotado de conciencia. El problema, que los metodólogos se apresuraron a declarar metafísico, alimentó no pocas discusiones y polémicas. ¿Era posible que el pensamiento estuviese privado de conciencia? Por lo demás ¿se podía dar el nombre de pensamiento a los procesos observados en el océano? ¿Una montaña es acaso un guijarro enorme? ¿Un planeta es por ventura una montaña gigantesca? Uno seguía teniendo la libertad de elegir su terminología, pero la nueva escala de magnitudes introducía normas y fenómenos nuevos. Págs. 35, 36.

El sol se elevaba por encima del horizonte. Buena señal. Yo me había acostado en un día rojo, al que sucedería un día azul, seguido por otro día rojo. Yo no había dormido quince horas de un tirón… ¡de modo que era un sueño!
Tranquilizado, miré a Harey con atención. El sol la iluminaba a contraluz; los rayos purpúreos le doraban la piel aterciopelada de la mejilla izquierda, y la sombra de las pestañas le caía oblicuamente en la cara. ¡Qué hermosa era! Y yo, terriblemente preciso, aún en sueños, acechando los movimientos del sol, esperando ver aparecer el hoyuelo en aquel sitio insólito, un poco por debajo de la comisura de los labios. De todas maneras, hubiera preferido despertarme. El trabajo me esperaba. Cerré con fuerza los ojos.
Oí un crujido metálico y miré de nuevo. Harey se había sentado a mi lado, en la cama; seguía observándome con ojos graves. Le sonreí; ella sonrió y se inclinó. Nos besamos; un primer beso tímido, un beso de niños. Después, otros besos. La besé largamente. ¿Eran estas las experiencias de un sueño?, me pregunté. No estaba traicionando el recuerdo de Harey, soñaba con ella. Jamás me había ocurrido nada parecido. ¿Comenzaba acaso a inquietarme? Me repetía una y otra vez que todo aquello era un sueño, pero el corazón se me oprimía.
Me preparé a saltar fuera de la cama; estaba casi seguro de que no podría hacerlo; muy a menudo, en sueños, el cuerpo embotado se niega a obedecer. Yo esperaba, no obstante, que ese intento me arrancara del sueño. No me desperté; me senté, con las piernas colgando fuera de la cama. Todo era inútil, tenía que soportar hasta el fin ese sueño… Mi buen humor se había desvanecido. Estaba asustado. Págs. 71, 72.

Ahora, vamos a apagar la luz, y hasta mañana se acabaron los problemas. Mañana por la mañana, si quieres, inventaremos otros nuevos, ¿de acuerdo? Pág. 138

Estoy vivo otra vez, siento en mí una fuerza ilimitada, y esta criatura -¿una mujer?- sigue a mi lado, y no nos movemos. Nuestros corazones laten, confundidos, y de pronto en el vacío que nos rodea, donde nada existe ni puede existir, se insinúa una presencia de indefinible, inconcebible crueldad. La caricia que nos ha creado, que nos ha envuelto en un manto de oro, es ahora el hormigueo de muchos dedos. Nuestros cuerpos, blancos y desnudos, se disuelven, se transforman en un hervidero de larvas negras, y soy –somos los dos- una masa confusa de gusanos viscosos, una masa infinita, y en ese infinito (no, yo soy el infinito) grito en silencio, imploro la muerte, imploro un final. Pero simultáneamente me derramo en todas direcciones, y el dolor sube en mí, un sufrimiento más vivo que los sufrimientos de la vigilia, un sufrimiento concentrado, una espada que traspasa las lejanías negras y rojas, un sufrimiento duro como la roca, y que crece, montaña de dolor visible a la luz resplandeciente de otro mundo.
Un sueño entre los más simples; no puedo narrar los otros, me faltan las palabras para expresar ese horror. En esos sueños, yo ignoraba la existencia de Harey, y no encontraba ningún rastro de otros sucesos recientes o antiguos.
Había también sueños sin “imágenes”. En una oscuridad inmóvil, una sombra “coagulada”; siento que me auscultan, lentamente, minuciosamente, pero sin ningún instrumento; ninguna mano me toca. Me siento sin embargo penetrado de lado a lado, me desmenuzo, me disgrego, ya sólo queda el vacío, y a la nada total sucede el terror; este solo recuerdo precipita aún hoy los latidos de mi corazón.
Y los días se sucedían, opacos, siempre semejantes; yo era indiferente a todo; sólo temía la noche, y no sabía cómo escapar a los sueños. Harey no dormía; tendido junto a ella, yo huía del sueño; la estrechaba en mis brazos, la besaba. La ternura no era más que un pretexto, un modo de postergar el momento de dormirme… No le había hablado a Harey de esas horribles pesadillas; sin embargo, Harey algo adivinó, pues yo creía ver en ella un sentimiento involuntario de profunda humillación. Págs. 224, 225.

En apariencia yo estaba tranquilo; en secreto, y sin admitirlo claramente, esperaba algo. ¿Qué? ¿El retorno de Harey? ¿Cómo hubiera podido esperar ese retorno? Todos sabemos que somos seres materiales, sujetos a las leyes de la fisiología y de la física, y toda la fuerza de nuestros sentimientos no puede contra esas leyes; no podemos menos que detestarlas. La fe inmemorial de los amantes y los poetas en el poder del amor, más fuerte que la muerte, el secular finis vitae sed non amoris es una mentira. Una mentira inútil y hasta tonta. ¿Resignarse entonces a la idea de ser un reloj que mide el transcurso del tiempo, ya descompuesto, ya reparado, y cuyo mecanismo tan pronto como el constructor lo pone en marcha, engendra desesperación y amor? ¿Resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten, volviéndose cada vez más cómicos? Que la existencia humana se repita, bien, ¿pero que se repita como una canción trillada, como el disco que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura? Ese coloso fluido había causado la muerte de centenares de hombres. Toda la especie humana había intentado en vano durante años tener al menos la sombra de una relación con ese océano, que ahora me sostenía como si yo fuese una simple partícula de polvo. No, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo. Sin embargo, todas aquellas actividades tenían cierto propósito… A decir verdad, yo no estaba absolutamente seguro; pero irse era renunciar a una posibilidad, acaso ínfima, tal vez sólo imaginaria… ¿Entonces tenía que seguir viviendo aquí, entre los muebles, las cosas que los dos habíamos tocado, en el aire que ella había respirado una vez? ¿En nombre de qué? ¿Esperando que ella volviera? Yo no tenía ninguna esperanza, y sin embargo, vivía de esperanzas; desde que ella había desaparecido, no me quedaba otra cosa. No sabía qué descubrimientos, qué burlas, qué torturas me aguardaban aún. No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado. Págs. 253, 254.





viernes, mayo 01, 2015

ACTO DE VALOR poema del film





Vive la vida de modo
que el temor a la muerte
no pueda entrar nunca
en tu corazón.
No importunes a nadie
acerca de su religión.
Respeta a los demás
y sus puntos de vista.
Y exige de ellos
que respeten el tuyo.

Ama tu vida, perfecciónala.
Embellece todas las cosas de tu vida.
Trata de prolongar tu vida
y de hacerla útil para tu pueblo.
Cuando llegue la hora de tu muerte
no seas como aquéllos cuyos corazones
están llenos de temor a la muerte
y que cuando llega su momento,
lloran y rezan
para tener un poco más de tiempo
para vivir la vida de modo diferente.

Canta tu canción fúnebre
y muere como un héroe
que regresa a casa.


CHIEF TECUMSEH



viernes, abril 03, 2015

MYSTIC RIVER (adaptación)




MYSTIC RIVER
DENNIS LEHANE                      
Comunicación y Publicaciones S.A., Barcelona, 2005


Una vez más, él también estaba contento de no haber subido a aquel coche.
Mercancía dañada, eso era lo que el padre de Jimmy le había dicho a su mujer la noche anterior:
-          Aunque lo encuentren con vida, el niño será mercancía dañada. Nunca volverá a ser el mismo.

Dave alzó una mano. La mantuvo en alto junto al hombro, pero no la movió durante un buen rato, y mientras le devolvía el saludo, Jimmy sintió que le invadía una sensación de tristeza, que se iba haciendo más profunda y se extendía en pequeñas ondas. No sabía si la tristeza tenía algo que ver con su padre, con su madre, con la señorita Powell, con aquel lugar o con el hecho de que Dave, de pie junto a la ventana, mantuviera la mano alzada de una forma tan estática; pero cualquiera que fuera el motivo (alguna de esas razones o todas a la vez), estaba convencido de que nunca podría librarse de la sensación. Jimmy, sentado en la acera, tenía once años, pero ya no se sentía un niño. Se sentía viejo. Viejo como sus padres y como aquella calle.
“Mercancía dañada”, pensó, y dejó caer la mano sobre su regazo. Observó que Dave lo saludaba con la cabeza antes de echar las cortinas y de adentrarse de nuevo en aquel piso demasiado tranquilo, de paredes marrones y relojes que hacían tictac; Jimmy sintió la tristeza arraigarse en él, acurrucarse en su interior como si buscara un cálido hogar, y ni siquiera se esforzó en desear que se fuera, porque una parte de él comprendió que era inútil. Págs. 45, 46.


Sin embargo, ella lo dejaba correr, tal y como hacía cuando él le mentía sobre por qué había perdido el trabajo en la Empresa Americana de Mensajeros (Dave le había dicho que habían hecho reducción de plantilla, pero otros tipos del barrio salieron a la calle durante las semanas que siguieron y les llovieron las ofertas de empleo), o como cuando le había contado que su madre había muerto de un ataque al corazón cuando todo el barrio sabía la historia de que Dave, al regresar a casa cuando cursaba el penúltimo curso en el instituto, se había encontrado a su madre sentada junto al horno, con las puertas de la cocina cerradas, con unas toallas que tapaban las ranuras y con la habitación llena de gas. Al final se había convencido de que Dave necesitaba sus mentiras y que le hacía falta reinventar su propia historia e idearla de tal modo que le permitiera aceptarla y enterrarla. Y si eso le convertía en una persona mejor, en un marido cariñoso, aunque en ocasiones distante, y en un padre atento, ¿quién era ella para juzgarle? Pág. 160


Jimmy volvió a cubrir el rostro de su hija con la sábana, y a pesar de que movió los labios, de su boca no salió ningún sonido. Miró a Whitey como si le sorprendiera verlo en la sala, con el bolígrafo sobre su libreta de notas. Volvió la cabeza y miró a Sean.
-          ¿Te has parado a pensar alguna vez cómo una decisión sin importancia puede cambiar totalmente el rumbo de tu vida? –le preguntó Jimmy.
Sean, sosteniéndole la mirada, inquirió:
-          ¿En qué sentido?

El rostro de Jimmy estaba pálido e inexpresivo, con los ojos vueltos hacia arriba como si intentara recordar dónde había dejado las llaves del coche.
-          Una vez me contaron que la madre de Hitler estuvo a punto de abortar, pero que cambió de opinión en el último momento. También me contaron que él se marchó de Viena porque no podía vender sus cuadros. Ya ves, Sean, si hubiera vendido un cuadro o su madre hubiera abortado, el mundo sería un lugar muy diferente, ¿comprendes? O por ejemplo, digamos que pierdes el autobús por la mañana y, mientras te tomas la segunda taza de café, te compras un boleto de rasca y gana, que va y sale premiado. De repente ya no tienes que coger el autobús. Puedes ir al trabajo en un Lincoln. Pero tienes un accidente de coche y te mueres. Y todo eso porque un día perdiste el autobús. Págs. 230, 231.



-          Ojalá hubiera una isla, ¿sabes? Como en aquella vieja película de Steve McQueen en la que se hace pasar por francés y que todo el mundo tiene acento menos él. Es sólo Steve McQueen con un nombre francés. Al final salta por el acantilado con una balsa hecha de cocos. ¿La has visto alguna vez?
-          No.
-          Es una buena película. Si hubiera una isla sólo para violadores de niños y para los que se aprovechan de los más débiles, en la que les lanzaran comida desde el aire unas cuantas veces por semana, y en la que minaran todo el agua de los alrededores, nadie se escaparía. ¿Que os han declarado culpables de un delito por primera vez? Pues que os jodan, porque vais a cumplir cadena perpetua en la isla. Lo sentimos mucho, chicos, pero no podemos correr el riesgo de que envenenéis a nadie más. Porque es una enfermedad contagiosa, ¿sabes? Uno la contrae porque otra persona se la pasó. Entonces uno va y se la pasa a otro, como si de la lepra se tratara. Supongo que si les lleváramos a esa isla, habría menos posibilidades de que contagiaran a otras personas. Cada generación, habría unos cuantos menos. Al cabo de unos cientos de años, podríamos convertir la isla en un Club Mediterráneo o algo así. Los niños oirían historias de esos tipos raros con la misma naturalidad con las que ahora les cuentan de fantasmas, como si fuera algo de lo que, no sé, de lo que ya nos hubiéramos desprendido a causa de la evolución de la especie. Págs. 246, 247.



Recordó una tormenta de noviembre, cuando se besaron por primera vez en un portal, sintiendo la carne de gallina de su piel, ambos temblando.
-          Tal vez ése sea el problema –repuso Annabeth.
-          ¿Qué ya no seamos niños?
Sean la miró.
-          Como mínimo, uno de los dos –apuntó.
Sean no le preguntó a cuál de los dos se refería.
-          Jimmy me ha dicho que usted le contó que Katie planeaba fugarse con Brendan Harris.
Sean asintió con la cabeza.
-          Bien, de eso se trata, ¿no es verdad?
Sean se dio la vuelta en la silla y preguntó:
-          ¿De qué?
Expulsó el humo en dirección a la cuerda vacía de tender y respondió:

- De esos sueños tontos que tenemos cuando somos jóvenes. ¿Cómo iban a ganarse la vida Katie y Brendan Harris en Las Vegas? ¿Cuánto tiempo habría durado ese pequeño edén? Es posible que incluso hubieran conseguido una caravana mejor para vivir, que fueran en busca del segundo hijo, pero tarde o temprano se habrían dado cuenta: la vida no consiste en ser siempre feliz, en doradas puestas de sol y tonterías parecidas. La vida es trabajo. La persona que amamos rara vez se merece todo el amor que le damos, porque nadie vale tanto en realidad, y quizá tampoco merezca tener que cargar con ello. Uno acaba por sufrir una decepción. Se desilusiona, deja de confiar y tiene que aguantar muchos días malos. Pierde más de lo que gana, y acaba por odiar a la persona que ama en la misma medida que la ama. Sin embargo, uno se arremanga y se pone a trabajar, en todos los aspectos, porque eso forma parte del proceso de hacerse mayor. Págs. 384, 385. 




domingo, marzo 01, 2015

BOLA DE FUEGO poema del film




- ¿Qué palabras?


- Más o menos… Comillas. Mira como este anillo circunda tu dedo, pues del mismo modo tu pecho guarda mi corazón; llévalos los dos porque los dos te pertenecen. [Shakespeare, W: “Ricardo III”, aI, e2]


- … Fin de las comillas, supongo.




Este diálogo pertenece a la secuencia en el que un enamorado Gary Cooper regala el anillo de pedida a Barbara Stanwyck. El film, BALL OF FIRE (Bola de fuego, en español) fue dirigido por Howard Hawks en 1941 y podría considerarse como una especie de cuento moderno de Blancanieves y los siete enanitos. Además de esta referencia literaria, encontramos esta otra magnífica cita de William Shakespeare. A continuación, acto y escena en la que aparece.



Ricardo III


Acto primero
Escena segunda


(Londres. Otra calle)



Entra el cadáver del Rey Enrique VI, llevado en un ataúd abierto, caballeros con alabardas, escoltándolo, y Lady Ana, en lamentaciones.


Ana: Dejadlo, dejad vuestra honrosa carga (si es que el honor puede envolverse en sudario en un ataúd), mientras yo hago las exequias lamentando algún tiempo la prematura caída del virtuoso Lancaster. ¡Pobre figura de un sagrado rey, tan fría como una llave! ¡Pálidas cenizas de la casa de Lancaster! ¡Oh, tú, resto exangüe de esa sangre real! Séame lícito invocar a tu espíritu para que oiga los lamentos de la pobre Ana, esposa de tu Eduardo, tu hijo asesinado, apuñalado por la misma mano que hizo estas heridas! Mira, en estas ventanas que dejan escapar tu vida, vierto el bálsamo inerme de mis pobres ojos. ¡Ah, maldita sea la mano que hizo estos agujeros! ¡Maldito el corazón que tuvo corazón para hacerlo! ¡Maldita la sangre que dejó escapar aquí esta sangre! ¡Más triste suerte tenga ese odiado miserable que nos hace miserables con tu muerte, de la que puedo desear a víboras, arañas, sapos, o cualquier otro ser envenenado que viva! Si alguna vez tiene hijo, ¡que sea un aborto, monstruoso y salido a luz a destiempo, con aspecto feo y raro que horrorice a la esperanzada madre al verlo; y que sea heredero de su infelicidad! Si tiene esposa alguna vez, ¡que sufra más con su muerte que yo con la de mi joven señor y la tuya! Id ahora a Chertsey con vuestra sagrada carga, traída de San Pablo para enterrarla allí; pero siempre que os canséis del peso, descansad, mientras yo me lamento sobre el cadáver del rey Enrique.


(Los portadores levantan el ataúd y se ponen en marcha)


Entra Ricardo, Duque de Gloucester


Gloucester: Deteneos, los que lleváis el cadáver, y dejadlo abajo.


Ana: ¿Qué negro hechicero conjura este demonio para que interrumpa devotas acciones de caridad?


Gloucester: Villanos, ¡dejad el cadáver, o, por San Pablo, que dejaré cadáver al primero que desobedezca!


Caballero primero: Señor, echaos a un lado, y dejad pasar el ataúd.


Gloucester: ¡Perro grosero! ¡Detente cuando yo mando! Levanta la alabarda más alta que mi pecho, o, por San Pablo, te derribaré de un golpe a mis pies, y te pisotearé, mendigo, por tu audacia.


(Los portadores dejan el ataúd)


Ana: ¿Qué tembláis? ¿Tenéis miedo todos? Ay, no os censuro, pues sois mortales, y los ojos mortales no pueden soportar al diablo. ¡Fuera, horrendo ministro del infierno! Tú sólo tienes poder sobre su cuerpo mortal, pero no puedes tener su alma: así que, ¡fuera!


Gloucester: Dulce santa, por caridad, no seas tan maldiciente.


Ana: ¡Sucio demonio, oir Dios, vete de aquí y no nos molestes! Pues tú has hecho tu infierno de la tierra feliz, llenándola con gritos de maldición y hondos clamores. Si te complace observar tus horrendas acciones, observa este modelo de tus carnicerías. ¡Ah, caballeros, ved, ved! ¡Las heridas de Enrique muerto abren sus bocas cuajadas y vuelven a sangrar! Enrojece, enrojece, bulto de sucia deformidad; pues es tu presencia la que hace salir esa sangre de venas frías y vacías, donde no queda sangre. Tu acción, inhumana y contra la naturaleza, provoca este desbordamiento contra la naturaleza. ¡Oh, Dios, que hiciste esta sangre, venga su muerte! ¡Oh tierra, que bebes esta sangre, venga su muerto! ¡Oh cielo deje muerte con un rayo al asesino, o la tierra abra su boca y se lo trague vivo, como tú te tragas la sangre de este buen rey, que su brazo, gobernado por el infierno, ha asesinado!


Gloucester: Señora, desconoces las reglas de la caridad, que devuelve bien por mal, bendiciones por maldiciones.


Ana: Villano, tú no conoces ley de Dios ni de hombre: no hay animal tan feroz que no conozca algún toque de piedad.


Gloucester: Pues yo no lo conozco, así que no soy animal.


Ana: ¡Qué prodigio que los demonios digan la verdad!


Gloucester: Más prodigio que los ángeles sean tan iracundos. Dignaos, divina perfección de mujer, darme permiso para que yo me disculpe con detalle de esas supuestas maldades.


Ana: Dignaos, deforme contagio de hombre, darme permiso para que yo os maldiga en vuestro maldito ser por esas conocidas maldades.


Gloucester: Tú, más bella que lo que la lengua puede decirte, déjame un rato de paciencia para excusarme.


Ana: Tú, más vil que lo que el corazón puede pensarte, no puede dar otra excusa válida sino ahorcarte.


Gloucester: Con tal desesperación, me acusaría a mí mismo.


Ana: Y, desesperando, quedarías excusado por hacer digna venganza en ti mismo, tú que diste indigna muerte violenta a otros.


Gloucester: ¿Y si yo no les hubiera matado?


Ana: Bueno, entonces no estarían muertos, pero muertos están, y por ti, esclavo diabólico.


Gloucester: Yo no maté a tu marido.


Ana: Entonces está vivo.


Gloucester: No, está muerto, y muerto por mano de Eduardo.


Ana: Mientes con toda tu sucia boca: la reina Margarita vio tu criminal cimitarra humeando de su sangre, que tú le dirigiste a ella contra su pecho, aunque tus hermanos desviaron la punta.


Gloucester: Me provocó su lengua calumniosa, que echaba la culpa en mis hombros inocentes.


Ana: Te provocó tu ánimo sanguinario, que nunca soñó otra cosa que matanzas: ¿no mataste tú a este Rey?


Gloucester: Os lo concedo.


Ana: ¿Me lo concedes, erizo? Entonces, ¡que Dios me conceda también que seas condenado por esa maldad! ¡Ah, él era amable, bondadoso y virtuoso!


Gloucester: Más apropiado para el Rey del Cielo, que le tiene.


Ana: Está en el Cielo, adonde tú nunca irás.


Gloucester: Que él me dé gracias, puesto que le ayudé a llegar allá; porque él servía más para ese sitio que para la tierra.


Ana: Y tú no sirves para otro sitio sino para el infierno.


Gloucester: Sí, para otro sitio, si me dejas nombrarlo.


Ana: Algún calabozo.


Gloucester: Tu alcoba.


Ana: ¡Mal descanso haya en el cuarto en el que te acuestes!


Gloucester: Así será, señora, hasta que te acuestes conmigo.


Ana: Así lo espero.


Gloucester: Lo sé. Pero, ilustre lady Ana, para dejar este agudo combate de nuestros ingenios, y bajar un poco, a un método más lento: el causante de las prematuras muertes de esos Plantagenet, Enrique y Eduardo, ¿no es tan culpable como el ejecutor?


Ana: Tú fuiste la causa y el más maldito ejecutor.


Gloucester: Tu belleza fue la causa de ese efecto: tu belleza, que me acosaba en mi sueño a que acometiera la muerte del mundo entero, con tal de poder vivir una hora en tu dulce seno.


Ana: Si eso pensabas, te diré, homicida, que estas uñas desgarrarán esa belleza de mis mejillas.


Gloucester: Mis ojos no podrán soportar la ruina de esa belleza; no la injuriaréis, si estoy yo presente: todo el mundo se alegra con ver el sol, como yo con ella: es mi día, mi vida.


Ana: ¡Negra noche dé sombra a tu día, y muerte a tu vida!


Gloucester: No te maldigas, hermosa criatura: tú eres ambas cosas.


Ana: Querría serlo para vengarme de ti.


Gloucester: Es una querella contra la naturaleza: vengarse contra el que te ama.


Ana: Es una querella justa y razonable, vengarse del que mató a mi marido.


Gloucester: El que te privó de tu marido, señora, lo hizo para ayudarte a tener mejor marido.


Ana: Mejor que él, no respira otro sobre la tierra.


Gloucester: Vive alguien que te quiere mejor de lo que él sabría.


Ana: Nómbrale. Gloucester: Plantagenet.


Ana: Ah, ése era él.


Gloucester: Otro del mismo nombre, pero de mejor naturaleza. Ana: ¿Dónde está?


Gloucester: Aquí. (Ella lo escupe) ¿Por qué me escupes?


Ana: ¡Ojalá fuera veneno mortal para ti!


Gloucester: Nunca salió veneno de tan dulce hogar.


Ana: Jamás cubrió veneno a un sapo más sucio. ¡Quítate de mi vista! Me enfermas los ojos.


Gloucester: Tus ojos, dulce señora, han enfermado a los míos.


Ana: ¡Ojalá fueran basiliscos, para dejarte muertos!


Gloucester: Ojalá lo fueran, para que yo muriera en seguida, pues ahora me matan con muerte en vida. Esos ojos tuyos han sacado a los míos lágrimas saladas, avergonzando su aspecto con abundancia de gotas pueriles: estos ojos, que jamás vertieron lágrimas de remordimiento, ni aun cuando mi padre York y Eduardo lloraron al oír el triste gemido que lanzó Rutland cuando Clifford, el de cara negra, le clavó la espada, ni cuando tu belicoso padre, como un niño, contaba la triste historia de la muerte de mi padre, deteniéndose veinte veces a sollozar y llorar, de tal modo que todos los presentes se mojaban las mejillas, como árboles salpicados de lluvia; en ese triste tiempo, mis viriles ojos despreciaron cualquier humilde lágrima; y lo que esas tristezas no pudieron sacar de ellos, tu belleza ha podido, cegándolos de llanto. Nunca solicité, ni a amigo ni a enemigo; mi lengua jamás pudo aprender dulces palabras ablandadores; pero, ahora que se presenta tu belleza como mi paga, mi orgulloso corazón solicita, y apunta a mi lengua para que hable.


(Ella lo mira con desprecio)


No enseñes tal desprecio a tus labios, pues se hicieron para besar, señora, no para tal desprecio. Si tu vengativo corazón no puede perdonar, mira, aquí te presto esta aguda espada, y si e place ocultarla en este pecho fiel, dejando escapar el alma que te adora, lo ofrezco desnudo al golpe mortal, mendigando humildemente la muerte de rodillas.


(Presenta el pecho abierto: ella se dispone a herirle con la espada)


No, no te detengas: pues yo maté al rey Enrique, pero fue tu belleza la que me provocó. Sí, acaba ya: fui yo quien apuñaló al joven Eduardo, pero tu rostro celestial quien me llevó a ello.


(Ella deja caer la espada)


Toma la espada otra vez, o tómame a mí.


Ana: Levántate, simulador: aunque deseo tu muerte, no quiero ser tu verdugo.


Gloucester: Entonces, pídeme que me mate, y lo haré.


Ana: Ya lo he dicho.


Gloucester: Fue en tu furia: vuelve a decirlo, y, sólo con la palabra, esta mano que, por tu amor, mató a tu amor, matará por tu amor a un más fiel amor: serás cómplice de sus dos muertes.


Ana: Querría conocer tu corazón.


Gloucester: Está trazado en mi lengua.


Ana: Temo que los dos son falsos.


Gloucester: Entonces jamás hubo hombre veraz.


Ana: Bien, bien, vuelve a tomar tu espada.


Gloucester: Di entonces que mi paz está hecha.


Ana: Eso ya lo sabrás después.


Gloucester: Pero, ¿viviré con esperanza?


Ana: Mi esperanza es que todos los hombres vivan así.


Gloucester: Dígnate llevar este anillo.


Ana: Tomar no es dar.


Gloucester: Mira, igual que este anillo ciñe mi dedo, así tu pecho encierra mi pobre corazón; llévalos uno y otro, pues ambos son tuyos. Y si tu pobre servidor devoto puede pedir un solo favor de tu graciosa mano, confirma sí su felicidad para siempre.


Ana: ¿Qué es?


Gloucester: Que te plazca dejar esos tristes pensamientos al que tiene más motivo para enlutarse, y vayas en seguida a Crosby Place, donde, después de que yo entierre solemnemente en el monasterio de Chertsey a este ilustre Rey y moje su tumba con mis lágrimas de arrepentimiento, iré a verte con todas las ceremonias convenientes. Por diversas razones desconocidas, concédeme este don.


Ana: Con todo mi corazón, y mucho me alegra también verte tan arrepentido. Tressel y Berkeley, venid conmigo.


Gloucester: Dime adiós.


Ana: Es más de lo que mereces; pero, puesto que me enseñas a adularte, imagina que ya te he dicho adiós.


(Se van Lady Ana, Tressel y Berkeley)


Gloucester: Señores, llevaos el cadáver.


Caballero: ¿A Chertsey, noble señor?


Gloucester: No, a White-Friars: esperad allí a mi llegada.


(Se van todos menos Gloucester)


¿Se ha cortejado jamás a una mujer en tal humor? ¿Se ha conquistado jamás a una mujer en tal humor? Yo la he conquistado, pero no la conservaré mucho tiempo. ¡Qué!, yo, que maté a su marido y a su padre, ¡apoderarme de ella en el mayor odio de su corazón, con maldiciones en la boca, y lágrimas en los ojos, al lado de ensangrentado testigo de su odio; teniendo contra mí a Dios, a su conciencia y estos obstáculos, y sin amigos que respaldaran mi pretensión al mismo tiempo, sino el mismo demonio y la cara simuladora, y sin embargo, ganarla a ella: el mundo entero contra nada. ¡Ja, ja! ¿Ha olvidado ya a aquel valiente Príncipe, Eduardo, su señor, a quien yo, hará unos tres meses, apuñalé en mi furia en Tewksbury? El espacioso mundo no puede volver a ofrecer un caballero más dulce y amable, formado en la prodigalidad de la naturaleza, joven, valiente y sabio, sin duda egregio de veras; y, con todo, ¿ella baja los ojos hasta mí, que segué la dorada primavera de ese dulce Príncipe, y la dejé viuda en lecho de gemidos; hasta mí, que no igualo entero a la mitad de Eduardo; a mí, que soy tan renqueante y deforme? Apuesto mi ducado contra un ochavo de mendigo, que me había engañado hasta ahora sobre mi persona: por vida mía, aunque yo no pueda, ella encuentra que soy un hombre maravillosamente grato. Me gastaré algo en un espejo y ocuparé una veintena o dos de sastres en que estudien modas con que adornar mi cuerpo: puesto que he llegado a introducirme en mi propio favor, lo mantendré en la tumba, y luego volveré con lamentos a mi amor. Brilla, hermoso sol, hasta que me compre un espejo, para que pueda ver mi sombra al caminar.

(Se va)